Una chusma, que no selecta, chusma a secas, meándose, repito, sobre la única premisa que habían pedido las víctimas de un maltratador con sentencia en firme irrefutable: que por favor cesaran por un tiempo los homenajes públicos a su maltratador.
La gentil lideresa no ocupó con su prole de falos nuestra plaza Fragela para ejercer el derecho a cantar, ni para mantener ningún legado. Es esta una excusa demagógica y populista, pues una herencia cultural tan grande e irrepetible se mantiene sola en el tiempo y en la historia. El esperpento de ayer es una pataleta, un por cojones, una humillación/lapidación a las víctimas que han hablado (dos, y hay más), un mearse en el relato de las mujeres porque es a lo que su prole está acostumbrada. Al privilegio. A lo que digan sus cojones, inflados por esa misma chusma, que no selecta, que protagonizó el momento vergonzoso y vergonzante de anoche. Y por supuesto, una prole que acepta a las mujeres que son cómodas al patriarcado, como ella. Las otras, las que no nos plegamos al sistema, las que señalamos a tantos de ellos (#notallmen) como jodidos maltratadores, puteros y misóginos de libro, de frente y sin ningún miedo, las que utilizamos el carnaval, entre otras cuestiones, para molestarlos y señalarlos como acto de justicia, hace tiempo que les vamos sobrando, para nuestra suerte. Es un placer que no nos puedan ni ver. O que se caguen en lo alto, literalmente, cuando abrimos la boca. Y lo que les queda.
Se habló de censura, como si alguien hubiera prohibido cantar las coplas que a cada un@ le diera la gana, en actuaciones, en casa, en la ducha o donde le plazca a cada un@. Las coplas son legado de la afición y de nuestra ciudad, debiendo permanecer para siempre, como un buen cuadro o una buena escultura.
¿Qué tendrá que ver esto con respetar lo que hace muy poquito pidieron dos mujeres que han sufrido violencia machista?
¿Quién se ha inventado la estupidez de que se persigue o censura a quien canta letras de Juan Carlos Aragón ?
Lo que está claro es que este acto tiene un marcado peso simbólico de misoginia intravenosa, y sin duda, y para mí profunda tristeza (yo me entiendo), acaban definiendo a quien participa del mismo.
Se habló de revolución y de cambiar las cosas, como si fuese revolucionario perpetuar la no condena a la violencia machista; como si fuese revolucionario mantener el endiosamiento a un hombre de carne y hueso; como si fuese revolucionario ser cómoda a los hombres; como si fuese revolucionario conservar, pese a todo y cueste lo que cueste, la imagen intachable de quien no lo fue.
Mira que esta ciudad (a la que amo) me da vergüenza ajena en muchos momentos, pero no creo que haya ningún momento que vaya a superar la que sentí ayer. Entre vergüenza, pena, mucha tristeza, y ganas de quemarlo todo también.
