Carnaval de Cadiz

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Memoria de un Jurado


Un mes después de la Gran Final del Concurso de Agrupaciones Carnavalescas del Gran Teatro Falla en Cádiz miro hacia atrás sin ira. Esperaba la controversia, el silencio de los ganadores y el estrépito de quienes perdieron a juicio de unos hombres y mujeres que, durante 31 días, sólo intentaron cumplir con su juramento de fidelidad a sus honestos y propios gustos.


Entre algunos de los participantes hubo pataletas, pero también humildad en otros casos. Esperaba lo primero, pero no tanto lo segundo debo confesar. He descubierto que más allá de la verdad oficial de los autores, que desprecian en sus propias letras el certamen y lo sitúan en su justa medida, el de un trámite o el de un escaparate, entre componentes y seguidores abunda un sectarismo más propio de los hooligans del fútbol que de quienes gustan de una buena copla, la cante quien la cante.


Un jurado con criterio


A toro pasado, me divierten mucho las teorías de la conspiración, especialmente aquellas que nos convierten a los supuestos jueces de la prueba en simples títeres del Kichi, el alcalde que por cierto no se dejó caer ni una sola diplomática vez por nuestro palco, supongo que para no alentar los dimes y diretes del respetable.


Sin desmerecer en absoluto a otros tribunales falleros, creo que éste ha sido uno de los jurados con mayor criterio, lo que no quiere decir que sea el criterio mejor, que no necesariamente en coincidencia con el palmarés, siempre corresponderá a la memoria que guardemos de los coros, chirigotas, comparsas y cuartetos que hayan pasado por el teatro o por las calles gaditanas de este año.


Me siento especialmente orgulloso del jurado, tanto de los vocales a quienes tuve el honor de elegir junto con el auxiliar de palco, Javier Astorga, como con Manolo Rojas, secretario designado por el Patronato y que contribuyó lo suyo a que nos atuviéramos en la medida de lo posible a un reglamento que ya dijimos que sería necesario reformar: es absurdo que el voto de las preliminares se cierre cada día con una ficha que custodia generosamente el notario pero que no se puede alterar al fin de dicha fase, cuando el jurado haya visto ya el conjunto de las agrupaciones que concurren a la prueba.


Este procedimiento, que presumiblemente intenta evitar presiones exteriores, ya no tiene sentido, porque esas presiones llegan al palco del jurado en eso que absurdamente llaman tiempo real, a través de las redes sociales. También sería cuestión -ya lo reclamamos- que hubiera un premio del público, que se aliviaran los pases del cuarteto y que las puntuaciones de la final partieran del kilómetro cero. Podremos presumiblemente haber sido los reyes del cajonazo, como puedan entender algunos, pero también hemos sido los de la transparencia, desde la rueda de prensa final a las explicaciones que brindamos por cada incidencia a lo largo de ese periodo. Hemos intentado usar las emociones más allá de la frialdad de los números, eso también, intentando razonar por encima de los casilleros de las puntuaciones.


No fue fácil elegir al jurado. Llegaron casi treinta peticiones para incorporarse a sus filas y atendí algunas de ellas, pero preferí formar equipo a partir de otros criterios: por ejemplo, la confianza del amigo, y/o su experiencia en la interpretación, en la composición o en el libreto. También, su pericia a la hora de enjuiciar las agrupaciones desde la tribuna de los medios de comunicación o del aficionado, desde las páginas de una novela o desde los pespuntes en el aire de la radio. No les era cómodo afrontar esa tarea, que no está pagada: el Patronato, eso sí, abona 25 euros diarios destinados al catering y un parking de siete de la tarde a siete de la mañana.


Entiendo que logré reunir a un elenco experto, con filias y con fobias probablemente como cualquiera, pero con un currículo sobrado y temple suficiente como para que le influyera tanto la razón como el corazón. Me sentía como Lee Marvin en “Doce del patíbulo”, intentando montar un dream team o unos galácticos con la cabeza en las nubes y los pies en el suelo, los tellez boys como les llamó algunos olvidando a las girls. No fue fácil llevar a cabo el casting.


Toqué alguna que otra puerta que se cerró. Quise contar con algún músico ajeno al carnaval y fue imposible: ¿quién puede comprometerse a entrar en esa especie de Gran Hermano cuando trabaja fuera o tiene cerradas actuaciones para la misma hora en que nos echamos a deliberar? Por cierto, lo cuento ahora con dolor, pensé en incorporar al jurado al poeta Nacho Montoto, cuyos versos están tejidos con la materia de los sueños carnavalescos, pero pensé que al vivir lejos de Cádiz no le iba a ser fácil participar en el mismo: lo cierto es que murió repentinamente una semana antes del concurso y quienes le conocimos y admiramos todavía sentimos la angustia a flor de piel.


Con voz pero sin voto


A ciertas edades, además, cuesta la nocturnidad y la alevosía –curioso concepto decimonónico que sigue existiendo en el reglamento del COAC: la mayoría de quienes formaron parte de mi equipo se levantaban impertérritos a las siete de la mañana del día siguiente. Así que estoy muy agradecido a los jurados y a las juradas por ese esfuerzo, por su talante y por su pasión. A Koki Sánchez Pérez –que a buenas horas mangas verdes descubrimos que en realidad se llama Ildefonsa--, a Rafael Marín, a Mariló Maye, a Andrés Ramírez, a Nandi Migueles, a Josele de los Ríos –probablemente el primer gitano en forma parte del jurado--, Ana Barceló, Luis Ripoll, Adela del Moral o José Luis Suárez del Bustillo, a quien debo agradecer especialmente que asumiera el titánico papel de ser jurado de chirigotas y comparsas al mismo tiempo.


He aprendido mucho del ser humano a lo largo del concurso. Y especialmente esa enseñanza me viene de ese colectivo al que se podrá injuriar por mor de que la libertad de expresión respeta incluso el mal gusto; pero al que nadie sabrá descalificar porque a su pedigrí no le avala tan sólo ese mes en el Falla sino toda una vida siendo como son: inasequibles al desaliento, militantes de la honestidad y tan tenaces que puedan ser incluso más cabezotas que yo. Día a día, les vi preocuparse y valorar, la afinación y el desafine, las letras certeras y los bastinazos, los votos genuinos o los entenados.


Pensé que el hecho de que el presidente del jurado no pudiera puntuar era un error. Ahora creo todo lo contrario: se trata de una medida tan prudente como que no cuente ni el voto más alto ni el voto más bajo. Mi mayor responsabilidad fue elegirles. Y, en el gran teatro de mi privacidad, tengo para mí que fue un pelotazo. Con la venia de quienes al descalificarles también descalifican indisolublemente a quien les eligió y que asume solidariamente sus decisiones. Y aunque no las compartiera en un momento preciso, las comparto plenamente a partir de que fueran públicas, porque les busqué para que hicieran ese papel y lo cumplieron al dedillo: enseñarme a amar más el carnaval de lo que ya lo amaba, por encima de sus penas e incluso de sus glorias.


Gracias por todo. Pido disculpas a quienes se puedan haber sentido damnificados por mis decisiones, por supuesto. Y brindo un saludo de despedida muy especial a todos los aficionados que disfrutan sin orejeras de esta fiesta que, por cierto, no necesita de nadie que la juzgue.


Juan José Téllez
Tras ser autorizados para su publicación, enlazando su fuente


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