Carnaval de Cadiz

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La cara oculta de las callejeras


Son tantos años ya los que llevo siguiendo y escuchando de forma apasionada a las agrupaciones callejeras (más de media vida, literalmente, desde el pasado Carnaval), que con el paso del tiempo ha resultado inevitable acabar estableciendo ciertos lazos de amistad y camaradería con varios grupos, incluso a pesar de que uno es, en fin, tímido y discreto por naturaleza, y muy poco dado, también, a abordar a desconocidos. Demasiados carnavales oyéndolas atentamente en primera fila, con mi modesta grabadora en la mano (primero de cassette y posteriormente digital), obsesionado porque sus valiosos repertorios no cayeran en el olvido y quedaran convenientemente registrados y preservados, cuando todavía no existía YouTube y únicamente la chirigota del Gómez y Emilio Rosado grababa una cinta o un cd para comercializarlo, como para pasar desapercibido, supongo, entre algunos de sus componentes.


Cuento esto porque ha sido esa amistad que tan generosamente me han brindado algunos conjuntos, hasta el punto de recibirme siempre con un tremendo cariño y considerarme casi uno más del grupo, en ocasiones, la que me ha permitido compartir con sus integrantes muchos momentos propios de nuestra fiesta, pero que seguramente pasan desapercibidos para el común de los mortales, al pertenecer, de algún modo y como aquel que dice, a su intimidad. Efectivamente, ha sido esa entrañable camaradería, que hace que algunos hasta se extrañen y me echen de menos si no coincidimos durante los primeros días de la semana (así de jartible ha sido siempre uno), la que me ha permitido ser un testigo privilegiado de lo que podríamos denominar la cara oculta de las callejeras, que también la tienen, como esa luna bajo la que tantas y tantas madrugadas han cantado, para deleite de su público.


Un público que en su mayor parte, repito, probablemente ni se imagina la experiencia tan intensa y tan profundamente humana que supone salir en una de estas agrupaciones, desde el mismo instante en que solo se les presta atención, por lo general, en el momento en el que van a empezar a cantar, para salir huyendo en desbandada, a continuación, nada más acabar la actuación, en busca de algún bar o algún rinconcito tranquilo en el que poder seguir, vaso en mano, con la fiesta, como por otra parte es lógico y natural. Pero es precisamente en esos intervalos que transcurren entre pase y pase de la callejera de turno en los que se producen, cuando nadie mira, los momentos de los que hablo, y de los que siempre me ha gustado ser un curioso observador.


Poca gente, sospecho, se para a pensarlo, como digo, pero una intensa y larga semana de coplas, vivida en la calle casi por entero, prácticamente, da para mucho, al mismo tiempo que implica una convivencia entre los diferentes miembros de una misma agrupación que no siempre resulta fácil o placentera. Es obvio, sí, que los buenos momentos prevalecen sobre los malos, o los menos agradables y satisfactorios, por así decirlo, pues nadie sale en uno de estos grupos para pasarlo mal o sufrir, y en caso contrario, imagino, se quedarían tranquilamente en casita. Lo que más abunda, por lo tanto, son los ratos de amena charla sobre la fiesta, ya sea comentando lo que haya dado de sí el Concurso ese año o cómo está transcurriendo el Carnaval en la calle, siempre alrededor de unas cervezas, las risas y las bromas entre componentes, muchas veces con esa mijita de maldad que da la confianza, pero siempre desde el cariño, o simplemente las plácidas reuniones al raso en torno a un buen papelón de pescao frito, desplegado y dispuesto sobre un bombo tumbado a modo de mesa, con todos los integrantes de la chirigota sentados en el suelo adoquinado y rodeándolo, descansando los pies y las gargantas después de una larga tarde de cante y reponiendo fuerzas antes de darle comienzo a la noche.


En el Carnaval como en la vida, sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y también los he visto discutir si daban un último pase, a altas horas de la madrugada, antes de retirarse hasta el día siguiente, o lo dejaban correr, agotados unos y con ganas de apurar un poco más la jornada los otros. Los he visto, asimismo, dar ese último pase, y a muchos de ellos tratar de vencer la desgana que trae consigo el cansancio para ofrecer una buena actuación. Los he visto preguntar, irritados e impacientes, por algún compañero que no ha aparecido a la hora acordada para arrancar con el día, y desistir, resignados, al comprobar que no da señales de vida. Los he visto buscar, en su continuo peregrinaje por las calles del centro, un lugar adecuado para cantar, alejado del ruido y el botellón, arrastrando trabajosamente de un lado para otro el carro de las viandas y los libretos, las fundas de las guitarras, la caja y el bombo, o lo que es peor aún, un público al que ofrecerle su repertorio, y frustrarse irremediablemente en última instancia, disimulándolo con una sonrisa en la cara, al no conseguirlo. Los he visto incluso plantearse, entre el enfado y la tristeza, si merece la pena seguir haciendo el esfuerzo que supone montar una buena agrupación, ante alguno de los lamentables incidentes que se dan a veces, cuando cualquier vecino amargado les arroja un cubo de agua desde su balcón, o revienta su actuación con gritos y comentarios impertinentes. Tan complicada puede llegar a hacerse la convivencia durante esos días, de hecho, y a tantas tensiones puede llegar a verse sometido un grupo como consecuencia de la misma, que hasta se ha dado el caso extremo (poco frecuente, por fortuna) de quienes se han peleado, siendo buenos amigos con anterioridad, a raíz de salir juntos en la misma agrupación.


Lo sé, insisto, porque lo he visto, pero también porque me lo han contado. Porque me he acercado a ellos, a quienes hacen el Carnaval de la calle, y les he preguntado. Y les he escuchado, cuando me relataban, por ejemplo, lo apurados de tiempo que habían ido tal o cual año a la hora de preparar la agrupación, y las dudas que les habían surgido acerca de la conveniencia de salir en tales circunstancias, por respeto al público y a sí mismos y sus trayectorias, o cuando me hablaban, en el caso de alguna callejera de la provincia que viene a pasar la semana con nosotros y a regalarnos amablemente sus coplas, sobre las dificultades derivadas de alquilar un partidito por unos cuantos días en la ciudad, no siempre en las mejores condiciones (permitidme que no entre, aunque podría, en detalles escabrosos), y convivir todos juntos, entre sus cuatro paredes, mientras dura la fiesta.


Si cuento todas estas vivencias, fruto, ya digo, de la amistad y la camaradería que generosamente me han brindado algunos "callejeros" a lo largo de estos años, y que me ha permitido compartir con ellos momentos de todo tipo, más allá del preciso instante en que cae el imaginario telón que pone fin a sus actuaciones (esa despedida definitiva, y hasta el año siguiente, valga la paradoja, del Carnaval, cantando antiguas coplillas, propias y ajenas, no ya para ningún público, sino para ellos mismos, entre la melancolía que siempre le invade a uno cuando finaliza la fiesta y toca volver a la normalidad y las lógicas ganas de descansar por fin y darle un poco de reposo al cuerpo; ese expectante corrillo en el que el autor anuncia, justo antes de que la agrupación se disuelva como un puñado de papelillos mojaos, el tipo que lucirán el próximo febrero, etc, etc...), si cuento todo esto, insisto, no es por darme importancia ni para presumir de conocimientos sobre las callejeras, sino que lo hago con el único fin de descubrirle, a quien lo desconozca, el complejo y maravilloso universo repleto de humanidad que encierran tales agrupaciones, y que se oculta pudorosamente en su trastienda, tras los coloretes, las pelucas, los disfraces, y sus divertidos, alocados y desvergonzados cuplés y estribillos.


Creo sinceramente que si todo el mundo fuera consciente de esto que digo, y supiera el cariño y el trabajo que requiere poner en la calle una agrupación de estas características (ya está bien de vender la idea, por cierto, de que las callejeras son algo espontáneo y casi improvisado, frente a los grupos del Falla, puesto que muchas de ellas tienen un esfuerzo considerable detrás, y solo así se explica, además, el extraordinario nivel de las mejores), seguramente recibirían el respeto que merecen, y que no siempre obtienen, por desgracia, así como serían mucho más reconocidas y valoradas. Y no me refiero, cuidado, a que se les dé notoriedad en los medios de comunicación o se les coloque una estrella delante del Falla, reconocimientos que en modo alguno necesitan, en mi opinión, y que de hecho les harían más mal que bien, probablemente, ya que de alguna forma desvirtuarían su propia esencia.


No, me refiero a gestos mucho más sencillos, y que se encuentran al alcance de todos nosotros. Hablo, por ejemplo, de prestarles la máxima atención, cuando estemos escuchando alguna, y de guardar un respetuoso silencio mientras actúan, tanto si nos encontramos entre el público como si simplemente estamos cerca de la zona o pasamos por allí. Me refiero, de igual manera, a comprarles un libreto, por lo menos, al final del pase, y no salir de estampida tras ver que los sacan, que un simple euro, o lo que buenamente alcance la voluntad de cada cual, es poco pago, si se piensa bien, a cambio de un ratito de pura y auténtica felicidad. Hablo, también, de no regatearles los aplausos, aunque en La Viña de madrugada haga frío y dé pereza sacar las manos de los bolsillos, siempre tan calentitos, o de no negarles, como mínimo, nuestras sonrisas, en recompensa por sus esforzados intentos de hacernos reír, incluso aunque su actuación pueda estar pareciéndonos francamente mejorable. Hablo de darles una oportunidad de vez en cuando, asimismo, a algunas que no sean las mismas de siempre, esas que todos conocemos y buscamos por su calidad contrastada, y de ir más allá de los gustos que nos dictan, una vez más, los dichosos medios, para arrimarnos a otras menos conocidas con la misma predisposición a reírnos y pasarlo bien.


Y tampoco estaría de más recordar, por último, que las agrupaciones, especialmente las callejeras, hacen lo que hacen libremente, y solo porque les da la gana, sin deberse a nada ni a nadie, razón por la cual deberíamos evitar exigirles que nos canten, cuando nos las cruzamos en alguna callejuela, como si tuviesen firmado un contrato con nosotros que las obligara a complacernos como a niños malcriados cada vez que nos apeteciera, y si de verdad tenemos interés por escucharlas esperar pacientemente a que decidan hacerlo por su propia voluntad, así como tenerlo muy presente, de igual modo, en el caso de que alguna de ellas anuncie su intención de descansar un añito, sea por los motivos que sea, para aceptar tal decisión con respeto, y no andar dándoles la vara, como ha ocurrido en cierta medida este Carnaval con los guatifó, pidiéndoles que se lo replanteen y todo eso, lo que se hace con la mejor intención del mundo, supongo, y desde la admiración y el aprecio que se les tiene, pero lo cual tan solo consigue, a mi juicio, añadir un cierto sentimiento de culpabilidad al fastidio que a buen seguro les supone ya a ellos el no poder salir.


Pequeños detalles, bien sencillos como se ve, que están en nuestra mano, y con los que les daríamos a las callejeras, en mi opinión, todo el reconocimiento que de veras se merecen, por su talento, su nobleza y su generosidad sin igual.


Sea como sea, sirva esta larga parrafada, publicada hoy, en vísperas del Carnaval Chiquito, como homenaje y muestra de agradecimiento, una vez más, a todas ellas. Las buenas, las malas y las regulares. Las que no han parado de cantar y las que apenas se han dejado ver. Las que llevan toda la vida dando el callo, y al pie del cañón, y las que están empezando ahora. Las de Cádiz capital y las que vienen a ofrecernos su arte desde otros puntos de nuestra geografía. Las afinaítas y las desafinadas. Las que están formadas por un único y audaz integrante, como ocurre con tantos romanceros, y las que son un verdadero batallón. Las masculinas, las femeninas y las rebujás. Las que se han superado, con respecto a años anteriores, y las que han estado un poco menos inspiradas esta vez. Las que pasarán a la Historia y las que no recordará absolutamente nadie dentro de un par de semanas tan solo. Para todas ellas sin excepción, repito, vaya desde aquí mi más sincero homenaje y agradecimiento, por hacer que en esta decadente ciudad nuestra, más muerta que viva ya, todavía tengamos, los gaditanos, algo de lo que enorgullecernos.


Javier Gutiérrez García-López


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