Carnaval de Cadiz

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Cuando lo legal sale a la calle…(Parte 1)


Ha pasado un mes desde que terminase el COAC y el espíritu carnavalero se mezcla con el olor de las primeras barritas de incienso por las calles gaditanas. Junto a ello, diversas polémicas acontecidas durante la más característica fiesta gaditana siguen resonando entre cuchicheos y conversaciones de media tarde en los mostradores de la ciudad.


Personalmente, me gustaría centrarme en el carnaval de calle “legal”. Denomino así a los acontecimientos celebrados durante la semana de carnaval organizados por diversas corporaciones (llámese ayuntamiento, peñas, asociaciones, etc.).


Si yo, que llevo tres años residiendo en la Tacita veo que cada doce meses la cosa difiere a peor en lo que respecta al carnaval, no quiero ni pensar en los gaditanos y gaditanas que llevan viendo toda su vida cómo la fiesta va perdiendo días.


Y es que, para mí, el primer sábado de carnaval ya no es el día que prosigue a la final, ni siquiera es el primero, sino el único, y en el calendario se refleja como las veinticuatro horas anteriores al Domingo de Piñata. ¿Por qué? Porque ese “primer sábado de carnaval” ha pasado a ser “el día internacional del botellón”, celebrado en Cádiz, estando sus focos en las plazas San Juan de Dios y de la Catedral. Pero no adelantemos acontecimientos y procedamos por partes.


Se organiza un triple festival carnavalero para el sábado, con el objetivo de evitar el éxodo de las agrupaciones ganadoras a Sevilla, como viene siendo costumbre desde hace unos años. Vale, me parece una iniciativa acertada, comprensible e, incluso, beneficiosa para la ciudad. Pero para hacer las cosas, o se hacen bien, o simplemente no se hacen. Diez de la noche, dos escenarios, usted elige (o se supone que se le ofrece la opción de elegir) entre “el pack Falla”: por un precio concertado (del cual no ofrezco opinión porque ni me interesó saber cuánto era), noche de hotel más entrada al teatro para disfrutar de un “espectáculo” (y nunca mejor dicho) con los primeros premios del Concurso Oficial. Ventajas: las anteriormente comentadas, a las que se puede sumar el beneficio del sector hotelero. Desventaja: ¿es usted de la capital? Porque sí es así y estuvo presente en el evento, ruego que contacte conmigo. La mayoría de las personas a las que consulté me aseguró que gran parte del aforo estuvo destinado a incentivar la oferta “fin de semana”. Segunda opción (más destinada al gadita a quien, como una servidora, es parte de la famosa crisis que sufrimos): plaza de San Antonio con segundos, terceros premios y alguna otra agrupación, precio: de valde. Según algunos componentes que pasaron por el escenario de esa plaza antes de acudir a la tercera cita de la noche, me comentaron que tres cuartos de lo mismo que en Catedral. Pero ahí sí, en la gran Plaza de la Catedral es donde se armó el “macrobotellón” histórico del sábado de carnaval (que ríete tú de las fiestas de primavera universitarias). Como es el único acto del sábado en que estuve presente, me permito reflejar, de manera extensa y detallada en este artículo, las seis horas de carnaval más desaprovechadas que he visto en mi vida.


Diez y media de la noche, tras escuchar algunos tangos en el escenario de la Peña La Estrella en la Plaza de Candelaria (al parecer, lo más sosegado de la noche y donde el aficionado pudo disfrutar desde principio a fin de una buena ración de carnaval), intento atravesar la Plaza de la Catedral. Y cuando uso los vocablos “intento” y “atravesar” son literalmente correctos. Quince minutos para llegar desde la esquina de la calle Compañía hasta el tablao. En otras palabras: un cuarto de hora para recorrer unos 70 metros. Eso sí, haciendo uso de valor y fuerza bruta. A empujones, consigues abrirte hueco entre la muchedumbre que se agolpa por toda la plaza y sus accesos (antes de que alguien sugiera que debí optar por acceder a la plaza a través de otra calle, misión imposible, ni siquiera por el Campo del Sur, en el que los conductores deberían de haber recibido una medalla a la paciencia y a la cautela por no atropellar a los “graciosillos” que no encontraron mejor entretenimiento que jugar a las carreritas por la calzada). Una vez encuentras un espacio por donde meter tu cuerpo como si de un contorsionista del Circo del Sol se tratase, llega el momento en el que te acuerdas de tus botas de agua del cole y los pantalones “de pescar ranas” que se encogieron un día en la lavadora: pasas de contorsionista a una mezcla entre “Cocodrilo Dundee”, Tarzán y Einstein. No crean que se me contagió el alcohol de aquella noche y aún me afecta, los símiles tienen una explicación muy lógica: evade a los “animales” que no saben beber y que mientras pasas se dedican a soltar por su boca lindezas de todos los tipos o sencillamente a empujar como “bestias” entre el gentío, provocando unas avalanchas humanas que dejan del tamaño de una china a las bolas de piedra de las que huía Indiana Jones en sus películas. Tarzán, porque nos hubiese venido al pelo una liana para evitar andar pisando el río de un día que apareció en el lugar: “el Mezcla”, porque bajo tus zapatos se impregnaban restos de ron, whiskey, cerveza, vino, refrescos…, en definitiva, bebidas varias acompañadas de fluidos corporales que mejor ni pensar en su procedencia y, a modo de las típicas piedras de río, que mejor que botellas (con variantes de todos los gustos, plástico y vidrio), chaquetones, bolsos, mochilas y demás objetos que con el calor que había en el ambiente iban sobrando a los allí presentes. Einsten, porque creo que ni el brillante matemático encontraría una ecuación para averiguar por dónde pasar para llegar en el menor tiempo posible y sin morir aplastado entre la gente.


Por fin llegas a la carpa donde esperan las agrupaciones antes de la actuación. No sé cómo agradecer el hecho de contar con la identificación de prensa para cubrir el evento, porque sinceramente, me pongo en la piel de las contadas personas que se encontraban apretujadas contra las vallas que rodeaban el escenario para “escuchar” algo de carnaval, y tal como llego a la plaza me vuelvo a casa a ponerme el pijama y las zapatillas (si es que tuviese valor de desandar la travesía que sufres para llegar hasta allí).


Una vez dentro puedes respirar con más tranquilidad, pero no por ello puedes escapar de la realidad: el griterío generalizado y los golpes de bombos y cajillas atraviesan la gruesa tela de la carpa y terminan por tocarte hasta la última terminación nerviosa que tienes en el oído. Entre los técnicos, la presentadora del evento y los primeros componentes de agrupaciones que empezaban a llegar, tuve la oportunidad de intercambiar opiniones con uno de los hombres que más colabora con este tipo de eventos, don Eugenio Mariscal. Ambos coincidimos en lamentarnos ante el aspecto bochornoso que ofrecía la plaza a aquellas horas, así como en el hecho de que la iniciativa de esa actuación no era mala, pero quizás el sitio no es el más adecuado. ¿No hay plazas más recogidas en Cádiz? ¿Qué pasa con el tablao que hace un par de años se montó en el Pópulo en lo que era un patio de vecinos? Y, lo más sorprendente, si el botellón está prohibido durante todo el año, ¿por qué ese sábado fue la excepción? Es comprensible que no haya efectivos de seguridad para cubrir la masiva llegada de visitantes que, junto a los gaditanos que salieron a la calle (porque, pese a que el 90% de los “botelloneros” provenían de fuera, doy fe de que había gaditanos con el mismo comportamiento) pueden dificultar bastante la labor de las fuerzas del orden; pero señores organizadores, hay una cosa que se llama “previsión” y se la ve venir a kilómetros, y otra cosa que también son muy conocidas para otros acontecimientos y que en el carnaval de calle parece que se invierte catastróficamente “presupuestos”. Pero dejando a parte temas políticos que ni me van ni me vienen, el suspenso del evento se preveía desde el inicio de la velada.


Da vergüenza que, habiendo un cartel como el de aquella noche, con agrupaciones sobresalientes y sin que cueste un céntimo disfrutar del espectáculo, fueran más de dos o tres las agrupaciones que sintieron las comprensibles ganas de bajarse del escenario o ni siquiera subir, dado el panorama ante el que tenían que interpretar sus repertorios. Aún así, exceptuando a una chirigota que por problemas de organización decidió no actuar, hay que agradecer a todas y cada una de las agrupaciones que desfilaron por las tablas su entereza, profesionalidad y, sobre todo, palabra a la hora de comprometerse a actuar por el mínimo de afición que, entre los cafres que inundaban la plaza, mantuvieron el tipo toda la noche y aplaudieron las coplas que allí se interpretaron.


‘El Coro del Futuro’, ‘Los que mueren por la pipa de la Paz…’, ‘La factoría’, ‘Los trasnochadores’, ‘Esta boca es mía’, ‘Los enteraos’, ‘La Musigadité’, ‘Voces’, ‘El maravilloso mundo de Cadilandia’, ‘Los Mákina’, ‘Air con el Carair, Carair, Carair…’, ‘La secta de los Carapapas’… Aunque no en ese orden, fueron todas las agrupaciones que cantaron aquella madrugada de sábado en la Catedral (espero no haberme dejado ninguna en el tintero). Merecidos aplausos que recibían desde la primera fila de público y de los “cuatro gatos” que habíamos en el interior de la carpa, todo era poco para premiar el enorme esfuerzo de los componentes que demostraron ante todo educación para subir a cantar y aguantar el tipo durante más de quince minutos.


En conclusión, espectacular noche carnavalera para quienes medianamente la disfrutamos, eso sí, enturbiada por las constantes peleas que se sucedían en diversas zonas de la plaza (pudimos oír a escasos metros dos intervenciones policiales) y un suspenso más allá del cero para la organización del evento. ¡Ojo, no a la organización en sí! Sino a los responsables que no supieron (o quisieron, vaya usted a saber) preveer la que se podía armar en aquel espacio.


La reflexión: que yo, como joven, tengo varias cosas que decir. Primero, que no toda juventud es ejemplo de ese comportamiento, así como tampoco todo aquel venido de fuera de la ciudad, pero sí reconozco que el porcentaje en ambos casos es elevado en relación con el total al que hago alusión. Segundo, que jamás en mi vida he sentido una vergüenza ajena tan grande. Seré muy sentimental, pero aquella noche pude sentir verdadera compasión y lástima, a la vez que ferviente admiración, por todas y cada una de las personas que pisaban aquel escenario, empezando por los técnicos y la presentadora hasta los miembros de las agrupaciones, quienes hicieron gala de la bendita paciencia que les acompaña. Pero aún mas vergüenza me dio (y eso que no soy gaditana), la mala impresión que pudo llevarse el visitante de nuestra ciudad. Imagino que más de uno que viese el panorama se lo piensa el año que viene antes de venir. Y a eso de las cinco y largas de la mañana, acabó el espectáculo. Esta vez, fue algo más sencillo dirigirse a través del Callejón de los Piratas hacia el Pópulo y comenzar a callejear entre gente bebiendo y bebida por los suelos para dar un rodeo inexplicable y lograr salir al otro lado de la plaza.


Sinceramente, la peor noche que he visto en Cádiz en estos años. Y ahí no queda la cosa, para la segunda parte, carruseles y tablaos… Que también tienen para comentar.


Asley


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