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Afición frente a obligación

Las vacaciones de Navidad, Año Nuevo y Reyes, dicho así, sin anestesia, es un peligro para una agrupación carnavalesca, sea de adultos como de juveniles. Es un peligro porque puede atrasar el trabajo avanzado de los meses anteriores a causa de casi la nula comparecencia a los ensayos. Pero como esta sección se refiere a la cantera, pues a la cantera me remito.

Existe una obligación -impuesta y aceptada- respecto a estas fiestas que te hace dejar de ser una persona razonable para convertirte en un consumidor empedernido. Es rara la persona que no compra nada por estas fechas (sin contar los que no pueden, claro), es raro el individuo que no consume. Y lo peor de todo no es eso, sino que esas compras, ya sean para regalos o por pura diversión, suelen hacerse por la tarde.

Con esa costumbre de levantarse tarde, nosotros, los adolescentes, no aprovechamos las mañanas para hacer las referidas y “obligatorias” compras y nos quedamos sobando en la cama. Esto no tendría que ser ningún problema si, como consecuencia, no afectase a algo en particular y, por ello, a otras personas de nuestra misma edad o de edad más avanzada contenidas de alguna manera en ese algo particular. Ese algo particular al que sí afecta esta dejación vacacional y esta transformación en consumidor son los ensayos, cuando los adolescentes dormilones y consumidores salen en las agrupaciones juveniles, como son todos aquellos a los que, particularmente pero no especialmente, va dirigido este artículo en el que voy a intentar que se vea muy clara la diferencia (si en realidad la hay) entre “obligación” y “afición”, dos conceptos que, casi siempre, no están tan claros como creemos a priori.

Cuando un joven o una joven prueban para salir en una agrupación carnavalesca que tiene como meta principal concursar (no olvidemos nunca este determinante verbo determinador) en el Falla, de alguna manera se está comprometiendo a salir en esa misma agrupación que tiene como meta principal llegar lo más lejos posible en el concurso del Falla dentro de su categoría de menores (en todos los sentidos, desafortunadamente). Por tanto, no es de recibo excusarse después durante las eternas vacaciones navideñas porque “tengo que comprar los regalos de Reyes”.

No es que el carnaval sea una obligación como, por ejemplo, el instituto (el trabajo en los mayores), sino que, más bien, es un compromiso. La prueba que el joven desertor navideño pasó en su momento (en agosto o septiembre) no era sólo para que demostrase que tenía aptitud (que sabía cantar más o menos bien según como lo mirase el máximo responsable de la afinación de la agrupación), sino que también tendría que ir demostrando, ensayo a ensayo, que tiene actitud (la virtud de comprender por qué se encuentra dentro de una agrupación que, sobre todo, sale para competir, y comportarse de acuerdo con esa misma virtud).

Evidentemente, a título estrictamente personal pero transferible, competir para mí no es una virtud en sí mismo. Sólo hay que comparar esa misma competencia por alcanzar un primer premio con competir en las carísimas tiendas por el mejor regalo amén de que sea el más barato. La virtud a la que me refiero reside en el compromiso que ha adquirido al pasar la prueba. No es un compromiso escrito, pero sí debería ser hablado, casi como un juramento oral, por así decirlo, entre compañeros (léase iguales, léase amigos). Se trata de mostrar que uno es digno de estar en la agrupación y defender la finalidad que cada agrupación se proponga (si hay conciencia colectiva de tal finalidad, claro) y actuar en consecuencia, que es, nada más y nada menos, que dar la cara desde el primero hasta el último momento. En esto, creo que no hay vuelta de hoja.

Este parón que se conoce como vacaciones de Navidad es precisamente eso, un parón. Un parón de la vida cotidiana. Aunque más que un parón es un relevo. Se releva una forma de actuar por otra. Dicho de otra forma, antes del 22 de diciembre se actuaba con unos fines más o menos claros desde que uno se levantaba hasta que se acostaba y, después de esta fecha y hasta el 8 de enero, se actúa de otra forma determinada por otros fines más o menos claros a conseguir. (Daría para otro artículo si ambas formas de actuar no están cortadas por el mismo patrón pero se manifiestan de distinta manera, pero eso mejor dejarlo para más adelante y, a ser posible, en otra sección con otro nombre distinto al de ésta y escribiéndola alguien más cualificado que este adolescente pretencioso que está a punto de cumplir los dieciséis años, o sea, Tacito, que es el que os escribe).

Dentro de la vida cotidiana de un joven comparsista, chirigotero, corista o cuartetero, este parón -o relevo- también existe y, por su existencia, afecta. No sólo le afecta a él, sino al resto de sus compañeros que, como él, también hacen lo mismo, y al final, lo que ocurre es que se pierden ensayos y se desanda muchos caminos andados y re-andados. Por tanto, a nadie debe extrañar, ni a propios ni a extraños, que se llegue al teatro, aun teniendo tiempo para que no fuese así, con partes del repertorio cogiditas con alfiler, porque no han sido ensayadas como se debiera. Este “se debiera” no significa que se trate de una obligación el ensayar estas partes flojillas, sino que se trata más bien de una necesidad, pues es necesario ensayar bien un repertorio para interpretar bien un repertorio.

Me podríais replicar que este “bien” con el que enjuicio una manera de ensayar y de interpretar puede ser valorado según cada cual, y no lo discuto. Pero sí hay un “bien” real -empírico: por experiencia directa- cuando se escucha un repertorio sobre las tablas del Falla, ¿verdad? Y según se escuche así se valora muchas cosas, sobre todo el trabajo, o la falta de trabajo, durante cuatro o cinco meses. Y nadie me podrá discutir que no se trabaja a distancia, sino que se trabaja in situ, o sea, en el sitio donde se prepara uno, que, en nuestro caso, es el local de ensayos (el teletrabajo aún no ha llegado al Carnaval de Cádiz, afortunadamente).

Pero no he hablado de la afición... ¿O sí? Pienso que en mis palabras está implícita, ¿verdad? En el momento que un joven, o una joven, pasa la prueba para entrar en una agrupación carnavalesca competitiva (no olvidemos este hecho, porque de un hecho se trata, diga lo que se diga antes, durante y después), de alguna manera está demostrando que le tiene afición a... (redoble de tambor)... sufrir en los ensayos (aun desconociendo esto seguro que algún sufridor ya le ha hablado de ello) para contentar al director y al autor e incluso a todos los “invitados” que se van colando en los ensayos, sobre todo en las fiestas navideñas, y que juzgan a una agrupación escuchando, más o menos, a la mitad de sus componentes.

Por tanto, más que defender la “afición”, defiendo la “obligación”. Tras este artículo creo que aún quedan estos dos conceptos más confusos si cabe. Por lo que cabe aclarar que, para mí, la auténtica afición es la que se tiene por algo sin pedir nada a cambio y lo mismo me sucede con la auténtica obligación. Cuando se nos obliga a hacer algo que no queremos está claro que se trata de una obligación “externa”. Pero también existe la auto-obligación, la obligación “interna”, que es obligarnos a nosotros mismos a perseverar, o sea, a continuar capeando vientos y temporales para llegar a buen puerto, sea este buen puerto lo que busquemos desde el principio o lo que vayamos vislumbrando entre la niebla durante la travesía. Pero, claro, ya no lo llamaría obligación, sino afición...

Espero no haberos liado demasiado, amigos. Un saludo de vuestro “empolvoronado” amigo a sus “empolvoronados” amigos... Bien, se acabó. Creo que me vuelvo a la cama a dormir un poquito más. Buenas noches (¡pero si son las dos de la tarde!).

Tacito de Plata

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