Carnaval de Cadiz

El rinconcito de Tacito


Veneno del bueno y veneno del malo


Acabo de cumplir trece años, y ahora es cuando entiendo el pasodoble de Juan Carlos Aragón en el que decía que el Carnaval de Cádiz tiene dos venenos: el bueno y el malo. Y no lo entiendo porque en ningún amanecer un rayo de sol haya hecho de varita mágica conmigo, sino por propia experiencia, ya no como protagonista de la misma, pero sí como observador de la de otros: en este caso, la de Juan y la de los chiquillos y chavales a los que me ha llevado a ver cómo ensayan para que yo tenga la información lo más a primera mano posible. Y aunque tenía otra idea para escribir el artículo previo al concurso de infantiles y juveniles, pienso que faltaría a la verdad y no sería fiel a la realidad ni leal a mi mentor y amigo si no escribo lo que tengo intención de escribir ahora. Y que sirva como previo a cómo está el concurso de infantiles y juveniles, ya no desde el punto de vista de los que manejan los hilos del cotarro (que daría para otro artículo tal vez), sino desde sus propios protagonistas tanto en los locales de ensayo como sobre las tablas del Falla., ahora que ya puedo constrastar la información con suficiencia, que es lo mínimo que se le puede pedir al que ejerce labores informativas, como nunca deja de decirme Juan. Pues bien: en eso que llaman la cantera, y Juan y yo llamamos agrupaciones infantiles y juveniles, por lo visto y oído en los locales de ensayo, hay más veneno del malo que veneno del bueno, dando así la razón, de paso, a Juan Carlos Aragón.


He visto trabajar a Juan con chiquillos de once a trece años y con chavales de catorce a dieciséis. Mejor dicho: han visto trabajar a Juan con ellos gente que de carnaval sabe mucho, gente que ha tomado veneno del bueno. Y también lo han visto gente que ha tomado veneno del malo. ¿Y qué es tomar veneno del bueno y qué es tomar veneno del malo? Tomar veneno del bueno es enamorarte y apasionarte con lo que haces, en este caso, el Carnaval de Cádiz. Veneno del malo es tomarte ese mismo carnaval como si fuese una guerra en la que presentar, ya no día a día, sino segundo a segundo batalla... pero no a sí mismo, que en ese caso sería hasta un mal necesario (como dice Juan), sino contra los otros, esos compañeros que hacen, más o menos, lo mismo que tú: ensayar y cantar en el Falla y, los más leales a la esencia del Carnaval de Cádiz, en la calle. Explicado esto desde mi punto de vista, he visto, valga la rebuznancia, y he oído más veneno del malo que veneno del bueno en los locales de ensayos a los que he acompañado a Juan. Pero lo he visto más en los adultos que ensayan a los chiquillos (infantiles) y los chavales (juveniles) que en ellos mismos, porque no olviden que tengo trece años, y aunque ya tengo cierta maldad, no tengo ni quiero esa maldad que he soportado ni para mis amigos ni para mí. Además, Juan me ha hecho ver que hay más futuro verdaderamente carnavalesco en algunos chiquillos y chavales que en los adultos que los sacan: el arte y la gracia vencen, finalmente, a la tontería y la guasa.


«Tú lo has visto, Tacito, que no solamente enseño a cantar y expresarse a los chiquillos y chavales», me dice Juan. «No, también les enseñas libertad, como a mí», le interrumpo, libremente, yo. «Sí, eso también, pero yo me refería a las técnicas, sobre todo teatrales y previas a la impostación de la voz, que he aprendido estos últimos años y que no tardo prácticamente nada en compartirlas con ellos, porque no se trata tampoco de que lo hagan bien, sino de que ellos mismos aprendan a desenvolverse por sí mismos, ya no sólo en un local de ensayos o sobre un escenario, sino en todo lo que ellos consideren que es su vida. Simplemente les doy un empujoncito para que crezcan, para que crezcan de verdad», concluye Juan. Y lo entiendo, porque yo soy un ejemplo vivo de que su forma de enseñar arte, y vida, está impregnada de libertad. Pues bien, hay responsables de chiquillos y chavales en estas lides de coplas carnavalescas, presuntamente libres, que han acusado a Juan de «enseñar demasiada libertad»... Y de ahí que los vea gritarles como energúmenos a mis amigos para que canten toquen y expresen bien (cosa que para eso están, todo sea dicho) en vez de buscar la complicidad necesaria con ellos, que no solamente se busca su complicidad para fiestas y cachondeos varios, sino para que cuando estén delante de un público, se metan también a ese público en el bolsillo, como también dice Juan. Y les gritan a los chiquillos y los chavales que así no se gana el primer premio, que fulanito o menganito o sutanito les van a ganar, etcétera, etcétera, etcétera... «Tacito, pisha, esa actitud que se traen está diciendo mucho y malo de ellos mismos: han crecido mirándose en el espejo equivocado», concluye Juan.


(Obviamente, pa ti y a mí, no todos los autores y responsables de los chiquillos y chavales son así; solamente hay que ver cómo ha sobrevivido en eso que llamaron júniors, eso que casi fue un intento «genocida» por acabar con la participación de eso que llaman cantera en el Falla, la comparsa del Yona y la chirigota comandada por el Borjita, ambas últimamente han mostrado en adultos que son unos auténticos supervivientes de esa «caza de brujas», como lo llama Juan, que fue el hacinamiento de júniors, y lo han demostrado aprendiendo a superarse a sí mismos en los locales de ensayos, no a intentar acabar con los demás porque al final son ellos los que así, con ese veneno malo, van a acabar consigo mismos. Que sepan y entiendan que al Falla no se va a ganar, sino a hacer las cosas cada vez mejor y así compartir, con prácticamente todo el mundo alrededor de esto, un Carnaval de Cádiz cada vez mejor y artísticamente superior. Si encima se gana gracias al trabajo, el esfuerzo y el aprendizaje, pues mejor que mejor, pero que eso sea secundario y no prioritario, como dice Juan y yo secundo.)


Yo, últimamente, me miro más en el espejo que antes, y tal vez sea porque estoy creciendo y me estoy gustando cada vez más. Y cuando lo hago, sobre todo por la mañana y al acostarme, veo en mi cara reflejado lo que estoy sintiendo en ese preciso instante, incluso a través de las legañas por la mañana y del agotamiento por la noche: mezclado con el sueño y el agotamiento, mi rostro está expresando mi vida, y miro mi reflejo como si me pudiera salir de mí mismo y así mirarme directamente a los ojos... Pues bien, a partir de esta misma tarde a las cuatro, cuando esté en el foso comentando la labor carnavalesca de mis amigos y sus responsables, veré en sus caras de todo: seguramente más nerviosismo y miedo que placer y disfrute, más máscara que autenticidad tal vez... Dios Momo, ojalá me equivoque.


Tacito de Plata

Tacito@CarnavaldeCadiz.com


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