Carnaval de Cadiz

Santa Santorum


De ombligos y groupies


Cuando el 15 de agosto de 1965, los Beatles dieron un concierto en el Shea Stadium, según cuentan los implicados, había tanto ruido en el estadio que no se podía ni escuchar lo que cantaban. Dicen las malas lenguas que llegaron a insultar al público y cantaron lo que querían. En ese momento, el respetable dejó de serlo, se habían transformado en “groupies” gente que sigue a sus ídolos con fanatismo religioso, les da igual lo que canten o lo que hagan.


Ese concepto, por desgracia, siempre ha existido en los carnavales. Posiblemente el primero en arrastrar a esa manada fue Antonio Martín, en la memoria negra siempre quedará, la bochornosa noche, donde su Capricho Andaluz derrota a Estampas Goyescas entre gritos de ataque al brujo. Algo que muchos nunca se perdonarán, hicieron verter lágrimas al más grande que ha existido.


Con los triunfos de Martínez Ares, el fenómeno se hizo más radical, gracias a su relación de amor-odio con Ángel Subiela, la ruptura con el Chupa y otros episodios rocambolescos con Antonio Martín o Juan Carlos Aragón llegó a cotas de pelea callejera sobre las tablas del templo colorado.


Pero si un individuo en nuestras fiestas ha conseguido, pese a promulgar que es ateo, la cuasi divinidad es sin lugar a dudas, Juan Carlos Aragón. Arrastra a una horda zombi ávida de sus letras, pero al igual que los protagonistas de Walking Dead, ni escuchan, ni sienten, ni comprenden y mucho menos analizan.


Si esta sordera selectiva se quedara en cuatro gatos, la cosa no iría a mayores, pero la pandemia es contagiosa, tanto a los autores como a los miembros del jurado, que temerosos de recibir los ataques de las catervas ceden a sus carnívoros deseos. Los puntos se engordan, ante el grito y el aplauso y, agrupaciones que no son tan malas, se ven perjudicadas por el peso de otras.


El estado más preocupante se da cuando, el propio autor, se trasmuta en un hibrido de Dios y groupie de si mismo. Se transforma en un meta-ídolo con los ojos fijos a su ombligo. En un fetiche auto alimentado. No escucha a los demás compañeros, su letra es la verdad y si no le dan el primero todos los años es porque le tienen manía.


En este año que nos ocupa, por desgracia, estos híbridos abundan. Estamos sin duda ante el peor concurso desde que tengo memoria. Salvo los cuartetos y los coros que se mantienen los mismos y algunos han mejorado, el resto de pena. Comparsas del montón sin nada nuevo, y para un autor nuevo que se decide, como es Kike Remolino, nos trae un desperdicio de lágrima y lástima fácil pese a contar con un grupo de categoría.


Y si hablamos de chirigotas, ya es para llorar, las tres favoritas por parte de los aficionados muestran un nivel que las dejarían en semifinales en otras ocasiones. Posiblemente no todos los autores sean por ombliguismo, seguramente esta maldita crisis les quita las ganas del humor. Pero es una pena la caída en picado que lleva la modalidad desde hace diez años y este que nos ocupa, parece que hemos tocado fondo. Pero claro aquí nadie hará un ejercicio de auto-crítica, la culpa siempre será de los demás, ya que ellos son los mejores, como les dicen sus groupies.


Ante un año tan mediocre, las quejas se escucharán más que nunca, ya que cuando todos son igual de malos, en vez de rectificar la frase será: “es un concurso muy igualado”. Sólo tengo una pregunta, cuando los cuartetos no tenían el nivel que se requiere para una final el jurado no tenia inconveniente en dejar la final vacía de tal modalidad ¿se tendrá el mismo rasero este año con otras modalidades?


Manuel Santamaría Barrios (aficionado y callejero)
www.diariobahiadecadiz.com


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