Carnaval de Cadiz

Puchero de Letras


Osvaldo, el de "Informe Semanal"


Cuando uno vuelve al carnaval gaditano en su rol de comentarista (en este caso, de la música de las coplas, todo su intríngulis armónico, melódico e interpretativo, es decir, técnico y estético), como es mi caso, es agradable encontrarse con la sorpresa de que unos viejos amigos han titulado a su comparsa nada menos que "La comparsa de Momo", con todo lo de nostalgia que a un servidor le evoca en la distancia del tiempo transcurrido: nada menos que 19 años después de haber escrito, musicado y dirigido la comparsa infantil "Momo" (que obtuvo un segundo premio en el Carnaval 89, cuando el Falla estaba en obras de mejora y se cantaba en el ya tristemente desaparecido Andalucía). Y, no contento con eso, uno se congratula de que la comparsa se impregne, ya en su presentación, de irreverencia y transgresión... Ay, lamentablemente, cuando en los cuartos de final cantan el pasodoble al que me voy a referir, esa transgresión se mancha con la simple pretensión de la misma.


El pasodoble a Osvaldo, el niño minero de nueve años, es, ante todo, una letra para el aplauso fácil, para la demagogia carnavalesca que es casi como decir demagogia política. En sus defectos, que los tiene, y muchos, es autocomplaciente y está escrito e interpretado desde el púlpito de la opulencia y del pequeñoaburguesamiento: ya no son obreros los que escriben carnaval, sino pequeñoburgueses. Así que esa irreverencia o impostura que la letra de la presentación de esta buena comparsa dotada de un gran conjunto de voces, por otra parte ("lo cortés no quita lo valiente"), se envenena y mancha con la demagogia sucia y barata del aplauso fácil; o, dicho de otra forma, contentar a cierto sector del público, el menos exigente y que sólo se queda en la superficie de "lo bien que suena esta comparsa", cosa que, por otro lado, es cierto, pero comprenderán que una actuación carnavalesca no puede reducirse a la mera interpretación. Volviendo al tema de este artículo, me temo que, tanto el autor como los componentes, se rasgan las vestiduras al más arraigado modo judeocristiano, desmintiendo ese profanismo de los personajes que representan o, peor aún, del que dicen contentar llevando a las tablas del Falla su comparsa: Momo (que si existiera y fuera autor del carnaval gaditano, jamás escribiría un pasodoble así ni por asomo).


El porqué de mi rechazo absoluto a esta letra voy a intentar ir desentrañándolo poco a poco (o de a poquitos, como dicen en Ecuador y por las cercanías suramericanas). Espero explicarme bien. Para ello, con la letra delante, he dividido el pasodoble en posibles intenciones pretenciosas. La primera es el relato, que nada tiene de pretencioso, ya que sólo es una exposición más o menos detallada del supuesto amanecer (el autor no duerme en el propio cuarto del niño y el cámara y el reportero tampoco) de este niño ecuatoriano, Osvaldo. Cierto es que el verso: "y sin desayunar para el trabajo" tiene su miga tipo "rasgado de vestiduras", pero puede que ocurra así lo que estos comparsistas cuentan, así que ante la posibilidad sólo cabe la retirada de la pluma crítica, y eso hago.


No obstante, pronto llega la especulación: "Hoy de nuevo será / una jornada larga / acarreando piedras / como un mulo de carga.". Y no contento con esto, el autor añade: "Ya tiene el corazón / más duro que sus manos / de tanto trabajar." Evidentemente, esto parece más un recurso literario que una apreciación moral, pero, no obstante, es innegable el hecho que "la dureza de corazón" queda ligada a "la dureza de la piedra". La relación metafórica habla por sí misma, me parece. No sé qué pensaréis al respecto.


Después, curiosamente, a pesar de que el autor parece decirnos que el que trabaja en la mina sólo es un niño de nueve años, el pasodoble se vuelve prosindicalista (es decir, en otras palabras, "ya que trabaja, pues que lo haga protegido por un sindicato", por lo que lo censurable no es que trabaje a tan corta edad, lo que podría ser deducible de la intención de esta letra de pasodoble desde el principio, sino que lo haga desprotegido de las garantías laborales mínimas): "Se acostumbró / a hacerlo como un esclavo / sin derecho a protestar / sin derecho a descansar / sin el derecho siquiera / de ponerse malo". Luego se hace lo que podríamos decir "hiperrealista", y que en el fondo es lo mismo que lo anterior pero dicho de otra manera (en otras palabras, otro recurso literario con tintes retóricos): "No lo defenderá / nunca ningún sindicato / un ratito pa comer / y venga vamos otra vez." Sobran los comentarios...


Ahora, la pluma carnavalesca gaditana se vuelve reduccionista (cosa muy común en estos blandos tiempos de letras presuntamente carnavalescas): "El sueldo lo está esperando su gente / sabiendo que su familia / de él depende." Hum... A ver, si tiene familia, no sólo ésta depende de su sueldo. Ya no es algo que puede comprobarse a través de la experiencia, ya sea la propia o la ajena. A no ser que el resto de la familia esté impedida, no tiene sentido de que el trabajo de este niño dependa el resto de la familia. No obstante, si vale el hecho de que he estado en Ecuador entre finales de noviembre y principios de diciembre, sólo puedo responder a esto con que la mayoría de los trabajos de los menores de 14 años que me he cruzado en el camino (mayoritariamente en Latinoamérica, tener menos de 14 años es ser un niño, y tener más de 14 años es ser un adolescente, por lo que ya la relación social, cultural, de facto, psicológica, ética, familiar, etc..., no es la misma: allá no se prolonga la infancia, sino que se prepara la adultez, como ocurría acá cuando la dictadura se transformó en democracia, ya que con 12 y 13 años nos manifestábamos en las calles junto a nuestros mayores para, por ejemplo, reivindicar la autonomía andaluza) son ayudas a los pequeños negocios familiares: por ejemplo, el changuito de 12 años que ayuda a la mamá a vender sus helados artesanos, que, por otro lado, siempre me pareció un jovencito (para mí los mayores de 11 años ya son muchachitos, y los mayores de 14, muchachos, independientemente del lugar del mundo en el que me encuentre; es decir, un niño deja de serlo al cumplir más o menos 11 años, y digo más o menos porque no todos los casos son generalizables) muy feliz con su agradable sonrisa y su simpatía a flor de piel: recuerdo que le gustaba especialmente que le diera un toque en la visera de la gorra, por lo que adelantaba la cabeza para que yo pudiera despedirme de él de tan extravagante manera y con tan despreocupada y desenfadada complicidad entre un muchachito y un hombre (Plaza 14 de Septiembre, Cochabamba, Bolivia, octubre y noviembre de 2007, in situ); o la jovencita que ayudaba a la mamá en el comedor del mercado que pasaba el sabroso pescado amazónico por la parrilla con una leve sonrisa aflorando en sus labios (distrito del Nanay, Iquitos, Perú, marzo de 2007, segundo de mis viajes suramericanos, in situ), entre otros innumerables ejemplos que pudiera dar y que harían de este artículo todo un capítulo para un libro de viajes (por cierto, lo de "in situ", aunque suene a recochineo y pueda tener algo de recochineo, no lo niego, es en realidad el simple hecho de que me encontraba allí, y que lo que veía y experimentaba lo hacía a traves de mis ojos y mis sentidos, y no a través de una pantalla de televisión y todo el matiz ideológico que eso conlleva viendo un programa "informativo", un semanario televisivo, lamentándome de "lo mal que está el mundo" cuando ceno (y engordo) acomodado en el salón de mi casa y, mientras me mancho la boca de comida más química que natural, despotrico de que sigan ocurriendo esas cosas.)


Bien, y antes de terminar el pasodoble, nuestro autor se pone a suponer que Osvaldo hace lo que está obligado a hacer "tragando saliva / aprieta los dientes". Ahora nos dice el nombre del protagonista, Osvaldo (lo deja para el final, otro recurso literario), y que vive en Ecuador (un Ecuador del peor que la televisión puede mostrarnos a los ojos de los "nuevos ricos" occidentales). Lo remata de una manera blanda, descriptiva, buscando la emoción en el verso final, emoción que, bajo mi punto de vista, no consigue transmitir: "Y con sólo nueve años / trabaja de sol a sol". (Este final me recuerda a algún verso de "Los mandingos" de Antonio Martín... Ah, sí, "Trabajando de sol a sol los días me llevo..."; se trata del principio del estribillo.)


Mi pluma se ha vuelto hoy crítica en vez de halagadora por la sencilla razón de que parto con ventaja para ello. Afortunadamente para mí (y para todo aquél que se atreva), los vuelos de avión que sobrevuelan "El Charco" han bajado muchísimo sus tarifas, y puedo ahorrar una platita para ir a mi querida América del Sur con una mochila de 90 litros colgada de los hombros (especialmente, amo Colombia, a pesar del títere que mueve los hilos de Yanquilandia y que llaman "presidente Uribe"). He estado viajando esta vez, desde junio a diciembre, por cuatro países: Perú, Bolivia, Ecuador (tuve que pasar por Perú de nuevo, no me quedaba otra, ya que para llegar a Ecuador es uno de los posibles caminos -otro es cruzando el suroeste de Brasil y el sureste de Colombia-; les invito a que consulten el mapa de América del Sur) y para finalizar mi viaje en mi queridísima Colombia.


Así que pasé por Ecuador. Y lo único que puedo decir, después de haber conocido a sus gentes de todas las edades en los valles, las lomas, los límites de la selva y la costa, es que yo no he visto ningún Osvaldo, sino jovencitas y jovencitos que van a sus respectivos colegios uniformados (cosa muy común en toda Latinoamérica). Además, el Ecuador que pinta "Informe Semanal" en su "reportaje" es ya obsoleto: Ecuador es un país que está despegando de todas las miserias que, no lo olvidemos nunca, los españoles, portugueses, holandeses y alemanes (y ahora los gringos) han producido (y puede que todavía sigan produciendo a través de lo que llaman ONGs) a lo largo de los aún recientes cinco siglos anteriores; y lo hace gracias al señor Correa, un presidente joven que, además de economista profesional, es muy querido por nada menos que 90 de cada 100 ecuatorianos, según el recuento de votos a favor de su nueva constitución política (el 10 por ciento restante es lo que allá se llama la oligarquía y lo que acá se llama facha, es decir, los burgueses y oligarcas criollos que siguen perpetuando, aunque afortunadamente ya en menor medida, el despojo y la desposesión de los humildes pobladores de tan verdes -gracias a la lluvia-) y hermosas tierras americanas (para mí América comienza en Ciudad Juárez, México, y acaba en Tierra de Fuego, Argentina; el resto es Yanquilandia y la Canadá francoanglosajona o bretosajona).


He viajado ya tres veces por allá y conozco ya cuatro países suramericanos. Obviamente, volveré: necesito conocer y seguir aprendiendo (América, con su juventud, es para mí volver al paraíso perdido; Europa, con su vejez, es el patetismo hecho vida cotidiana). Y antes de escribir un pasodoble basándome en un "reportaje" demagógico y morboso de "Informe Semanal" en vez de escribir desde la propia vivencia de un viaje por América del Sur, prefiero que la pluma me reviente en la mano manchándomela de tinta inútil. Espero haberme explicado con la suficiente claridad. Hasta la próxima.


Juan Pinto


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