17-03-2010
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Los niños descalzos de Andalucía
Osvaldo, el de "Informe Semanal"
Secciones de opinión
Aunque en preliminares del concurso se escuchan muchas letras disparatadas, por un lado, y demagógicas, por el otro, siempre hay una grata sorpresa. Y a título personal, me sorprendió sobremanera un pasodoble a Andalucía que se salía de los cánones usuales para homejanear la región de todo andaluz que se siente enamorado de su tierra: Andalucía. Este pasodoble en cuestión, escrito para la chirigota de Alcalá de Guadaira, provincia de Sevilla, "En primera línea", que lo interpretó en el Falla cantando la última de su sesión, no va en sí a Andalucía, o sí va a Andalucía pero centrado totalmente en sus niños. Como supondrán, es algo tan novedoso y tan hermoso que merece un artículo, y por ello lo escribo y lo comparto con todos vosotros.
Citaré los dos primeros versos: "Los niños de Andalucía / corren las calles descalzos..." Una característica que suele manifestarse en la infancia es la de correr: es como si el mundo se conociera mejor a toda velocidad, como si faltara tiempo teniendo todo el tiempo del mundo. Esta es la paradoja de la infancia: se tiene todo el tiempo del mundo para vivir y en cambio se apura el tiempo para aprender, para conocer. Lo mejor es que en este pasodoble, sus niños protagonistas, además de andaluces, corren descalzos las calles. Aquí es adonde el pasodoble se nutre de nostalgia y se hace sueño, deseo. Lo curioso es que no se anda por las ramas y va al grano desde el principio, como si la pluma también corriera sobre el papel en manos de un niño en vez de un adulto. Estos dos primeros versos reflejan un mundo que parece haberse ido ya, pero cabe preguntarnos si todavía hay sitios en Andalucía donde los niños corren descalzos... Ojalá, a pesar de las broncas de las madres porque sus niños vuelven a casa con las plantas de los pies sucios de la calle. Porqué ojalá. Muy sencillo. Vivimos en tiempos donde apenas juegan los niños en la calle, encerrados en sus casas con los ojos atrapados en una pantalla y con los dedos enredados en un teclado. Que unos pies descalzos y pequeños se ensucien en el andaluz adoquinado de una calle andaluza me parece de una belleza -y una necesidad- absoluta, mágica, encantadora, y me hace recordar cuando era niño y corría las calles del barrio, no descalzo (aunque en verano siempre se te salían las chanclas de la playa cuando corrías) pero sí con rodilleras de tanto romper los pantalones por las rodillas para jugar a las bolas, los tapones o las latillas.
Ahora citaré el tercer y cuarto verso: "... y viven con ironía / cada triunfo y fracaso." La infancia es inmortal, nada la vence del todo. Cuando crecemos, pensamos que nos hacemos fuertes, pero en realidad nos hacemos débiles. En cambio, un niño, en su aparente fragilidad, es fuerte como un árbol joven que se desenraiza. No hay triunfo ni fracaso que lo venza. Sí, el triunfo también puede vencer: vence a muchos adultos y los convierte en dependientes de todo lo que conlleva el éxito. En cambio, el niño triunfa y sonríe, se siente satisfecho, pero al momento siguiente ya está en otra cosa. Con el fracaso ocurre lo mismo: puede quitar el sueño a un adulto y a un niño inquietarlo sólo un momento para hacer desaparecer esa inquietud si algo nuevo le reclama la atención. Acertadísimos son estos versos, como pueden comprobar si se ponen a pensarlo con profundidad... o si vuelven a mirar la vida con los ojos del niño que fueron.
Después de versos menos afortunados que los anteriores el pasodoble va derivando hasta un tópico en apariencia: "Y son hijos del pasado / y son padres del futuro..." Particularmente, cierto es que hay mucho pasado en los padres de los niños andaluces, mucho pasado negro al que ahora se le está bañando con algún que otro rayo de sol. Cierto es que ellos serán los padres del mañana, y que no legarán sus hijos muchas sombras negras como heredaron sus padres. Y aquí puede saltar una pregunta: "¿Qué es mejor: heredar sufrimiento o heredar alegría?" Eso es una respuesta que en el presente de estos niños aún no tenemos, por lo que habrá que esperar a su futuro. En cambio, lo que sí podemos decir de ellos es que viven con la energía y la alegría propia de la infancia. Pero estos niños son especiales, porque corren descalzos sus amadas calles, como lo hicieron sus padres por falta de calzado, aunque ellos lo hagan por el placer del frescor de los adoquines o el beso pegajoso de la tierra en las tardes de verano...
Finalmente, citaré los tres primeros de los seis últimos versos: "Los niños de Andalucía / saben de la alegría / de una noche de invierno..." Ustedes pensarán, y con razón, qué alegría puede haber en sentir frío una noche de invierno. En un adulto, es evidente que más bien poca, porque no sólo se preocupa de no coger frío él sino de que tampoco lo coja su hijo o hija, si es padre. Pero, en cambio, en un niño, ¡claro que pueden saber de la alegría de una noche de invierno! Metiéndonos en hondura, estos versos hablan no sólo del frío de una noche de invierno, sino del calor del hogar; es decir, en otras palabras, estos niños andaluces de los que habla este pasodoble no son niños de ciudad, sino niños de campo. Para el niño, sentir frío, aunque sea incómodo, es una sensación que le dice que está vivo, muy vivo, además, pues genera calor, y no sólo físico. Pero siempre hay en casa una manta que abriga, un fuego en la chimenea y, lo mejor de todo, un abrazo de un adulto, o de otro niño. Sí, es bueno sentir frío para conocer el calor de las cosas y de los demás. Pero advierten los tres últimos versos de este precioso pasodoble: "... si viven libres y sin prisa / y afrontan con la sonrisa/ to lo malo, to lo bueno." Exacto. Aquí está lo mejor de este pasodoble: su rebelión. Porque manifiesta su complicidad con la velocidad de estos niños descalzos que corren, que no son prisas, sino ligereza, la misma de las alas de las mariposas moviéndose en la brisa. Y también alza una lanza por la sonrisa, la mejor bienvenida, tan dulce en un niño incluso especialmente travieso, la sonrisa que obliga a perdonarlo todo y al mismo tiempo a querer más, mucho más. Pero esa sonrisa no sólo luce por sí sola, sino que es una sonrisa que se enfrenta a lo que los adultos llaman problemas, o lo malo o lo bueno, como hombres hechos y derechos con ojos asustados no cesan de pregonar: sembradores de la cultura del miedo a vivir. La sonrisa de un niño puede desarmar cualquier maniqueísmo al uso, porque qué es eso del bien y el mal... Los adultos se andarían por las ramas, pero los niños frenan sus pies descalzos para con una sonrisa decirte que eso que llamas malo y eso que llamas bueno sólo son cosas que suceden en momentos dados y que son siempre superables con una sonrisa, que no es más que dejar muy clarito que, a pesar de todo, siempre hay espacio y tiempo para sonreír, para decirle sí a la vida y, por qué no, sí a la muerte, pero siempre con una sonrisa (esta despreocupación de la que hace gala el final de este pasodoble, se me antoja mediterránea, andalusí y, sobre todo, latinoamericana; es como leer frases sueltas de un manuscrito de Gabriel García Márquez, por poner el primer ejemplo que se me viene a la cabeza).
Me encantó este pasodoble cuando lo escuché. Himno de la despreocupación y loa a la infancia. Fue como si volviera a ser niño y algo muy poderoso reclamara toda mi atención. Sólo existieron las imágenes que las palabras evocaron en mí. Ya no estaba en mi habitación, sino en un barrio cualquiera ubicado en cualquier rincón de una Andalucía de ensueño, la de sus montañas, la de sus sierras, la de sus bosques, la de sus campos, la de sus playas... Y, al mismo tiempo, amigos míos, viajé de nuevo a América del Sur, donde los niños, también descalzos o con sus sandalias hechas a mano, corren por las calles de los barrios y por los jardines públicos, sobre el lecho de césped que ha saciado recientemente su sed con la renovadora lluvia y en el que se tiran, jadeantes y sonrientes: la tierra los recibe como un regalo. Y también sonríen esos niños y afrontan la vida con una sonrisa, que no sólo los hace fuertes a ellos, sino a todo aquel que se para un segundo para perderse en la luminosidad de esos dientes tan blancos... El que se para un segundo para admirar la sonrisa de un niño, ya no vuelve a tener prisa jamás... A no ser que se quite los zapatos y los calcetines, y corra descalzo por las calles junto a esos niños que corren descalzos por la vida... Ah, se me olvidaba: sin importarles lo bueno, sin importarles lo malo.
Juan Pinto
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