17-03-2010
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A la altura de la calle Robles, yendo para los Callejones desde la Plaza, alguien ha pintado en la pared con pintura roja: “La inseguridad es la única seguridad que tenemos”. Y aunque a simple vista parezca una paradoja, pienso que el argumento es acertado, al menos más acertado que los de esas “seguridades” que nos venden los gobiernos, las iglesias y, sobre todo, la televisión. Porque, ¿quién puede estar seguro de lo que le va a ocurrir, ya no el día siguiente, sino el minuto siguiente? Sinceramente, nadie. Todo es en la vida, al parecer, una caótica danza de probabilidades y posibilidades que, no obstante, tiene su propio ritmo no exento de cierto e inquietante misterio.
Pero lo mejor no es lo que este individuo ha pintado públicamente en una pared pública, sino que lo que ha escrito libremente puede tener que ver, y mucho, con las coplas del carnaval de Cai. De momento, la pared de su pintada ha vibrado con bastantes coplas de las agrupaciones callejeras que llaman “ilegales”. Y en algunas de esas coplas, se han denunciado “seguridades” que en realidad no lo son, porque se ha ido viendo que se han quedado en simples promesas vacías, en el mejor de los casos, y en auténticos cantos de sirenas, en el peor. Claro está que no sólo las agrupaciones callejeras hablan en sus coplas de esas “seguridades” que al final no lo han sido, sino las que llaman “oficiales”, es decir, las que asisten al concurso, también las han tratado en sus coplas, sobre todo en pasodobles y cuartetas, aunque, la verdad, con menor efectividad pública, y en muchos casos sus intenciones son más que discutibles.
¿Qué se escribe para cada carnaval año tras año? Pues, siguiendo esa declaración por parte de algunos medios de comunicación de que el Carnaval de Cádiz es “periodismo cantado”, lo que más tiene éxito últimamente son esas letras que lo único que hacen es repetir lo que ya ha sido repetido incansablemente en los medios de comunicación de masas: que si la violación de tal, que si los abusos del gobierno, que si la viejecita del primero la han echado de la casa, etcétera, etcétera, etcétera (ya podrían arrojar entre papelillos y serpentinas pañuelos para enjugarnos las lágrimas)... Es decir, en otras palabras, denuncias sensibleras basadas en denuncias sensibleras que, a la postre, vienen a decir lo mismo y no aportar nada más que lo que dicen, y de tanto dicho, pues ya sólo conmueven en el momento. Esto suele ocurrir sobre todo en las agrupaciones llamadas “punteras” que, para garantizar la continuidad del éxito, suelen buscar el aplauso fácil de un público bastante pasivo y nada exigente que parece más televisivo que carnavalesco. En cambio, cuando el carnaval sale a la calle y se hace calle, la cosa cambia, aunque no tanto como sería deseable. Las letras son más incisivas y, bañadas de pura y saludable ironía gaditana, van un poco más allá de la mera denuncia (esta vez, prescindiendo de la sensiblería), dando, de vez en cuando, alguna que otra vuelta de tuerca. Por ello, el público de la calle es más agradecido, además de gentilmente exigente. Por tanto, para la salud de lo que podríamos llamar “espíritu carnavalesco gaditano” es más aconsejable este segundo público que el primero.
No obstante, aun a pesar del riesgo, la cosa no alcanza para ir renovando con saludable efectividad esto de las lides carnavalescas gaditanas. Porque, sí, es bueno ir un poco más allá de la simple denuncia de los abusos del poder, sobre todo (las callejeras se centran más en el currito de a pie frente al abuso del patrón que en los sensacionalismos televisivos a lo “España Directo”), pero, la verdad, pienso que todavía se quedan algo cortos. Porque, ¿quién puede asegurar que cada vez tengan menos sitio en la ciudad para alzar la “voz del pueblo” frente a ese “periodismo cantado” de las que van al concurso? Cai siempre está de obra, hace veinte años como en estos momentos. Ya los coros se han quedado momentáneamente sin su carrusel en la Plaza, pero, por el contrario, se han extendido un poco más en eso de ofrecer sus coplas, ahora en más calles gaditanas. Pero, volviendo a lo de las obras que surgen como setas tras un buen chaparrón, ¿adónde se cantará el año que viene? ¿Y el siguiente?
Pienso que es fácil evitar esto. Simplemente, deberíamos de olvidarnos de cantar en la calle dentro de lo que podríamos llamar “ghettos tradicionales”: la calle de la Palma, la plaza Pinto, el barrio de la Viña por extensión, los Callejones y los alrededores de la Plaza. Cai, aun siendo pequeña, es mucho más grande, y las coplas de su carnaval bien pueden ser cantadas también en otros muchos lugares de la ciudad (el Carnaval bien se podría hacer más beduino de lo que es, por ejemplo). Así esas letras llegarían a más público (sobre todo las que no sacan a la calle un CD). Así atraerían a más público, tanto foráneo como autóctono. Así se evitaría la posibilidad de que el trajín urbanístico e inmobiliario de la ciudad acabe enmudeciendo la complicidad entre agrupación y público en las noches de carnaval, esa libertad carnavalesca de hacerse oír y ser escuchados.
La vida es como un juego de azar: nunca se sabe qué nos va a tocar mañana. Así que por qué no empezamos a apostar en esta parcela de nuestra vida que llamamos Carnaval de Cai y conseguimos hacer pensar con las letras en vez de provocar asentimientos autocomplacientes en las cabezas pasivas de los traganoticias escabrosos y morbosos, como si el carnaval, con el sambenito de “periodismo cantado”, fuesen las páginas de El Caso y esos periódicuchos de prensa amarilla de los últimos años del franquismo y primeros de la democracia. Pero no sólo de pensar vive el hombre, aunque se lleve pensando casi toda su vida. Del pensamiento sólo queda un paso para pasar a la acción, y si una buena agrupación, sea callejera o concursante, lanza a nuestros oídos una letra reivindicativa pero que, al mismo tiempo, ofrezca una posible solución al problema, por qué no lo intentamos al menos, por qué no somos capaces de eso que dicen los letristas de carnaval y que oímos en las voces de la gente del carnaval poderlo convertir en una posible realidad, ya sea a corto, medio o largo plazo?
Desde este puchero de letras, animo a los letristas a que se mojen. Si de verdad quieren a Cai (y a su carnaval, que es su voz, porque, ¿qué otra cosa puede ser el carnaval que la voz de Cai?) y, sobre todo, todo lo que Cai representó, representa y puede representar, a qué esperan para pasar totalmente de la morbosidad televisiva reciclada y escribir de Cai, por Cai y para Cai. Y en ello, ya de paso, le echen una mano a la juventud gaditana, tan castigada injustamente por los viejos mandamases de la ciudad (tanto los oficiales como los oficiosos) sólo por ser jóvenes y, por naturaleza y azar, danzantes caóticos en sus primeros pasos de vida que bien podrían ser renovadores para los demás, porque el pueblo que no apuesta por sus nuevas generaciones, después que no se queje de éstas, ni de nada (y es que es lo que actualmente está haciendo este pueblo: no apostar por su juventud y no quejarse de nada). Apostemos todos, letristas, cantantes y oyentes, por la ciudad que nos vio nacer y que, casi con toda certeza, nos verá morir, no sin antes dejarla dispuesta para que los que vienen detrás sigan luchando por ella como hemos luchado nosotros y como ella se merece (si apostamos por Cai estamos apostando por nosotros mismos, es decir, por los gaditanos, por la ciudadanía gaditana). Apostemos todos en ese vital juego de azar que es la vida, porque “la inseguridad es la única seguridad que tenemos”.
Juan Pinto
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