Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Pedro


Esta misma noche, cuando se conmemoren los dolores de una virgen por su hijo nazareno, ese al que cantabas y querías tanto, celebrarás tu último poema, Pedro. Y es que el poema no es otra cosa que la celebración de la vida. Y es la celebración de la vida lo que celebrarás tras tu muerte esparciéndote en el viento y fundiéndote con el azul oscurecido y plateado de la mar, la de los atlantes. Y es que la vida, aquí, respira viento y mar, lo mismo que respiraron eriteios, tartesios, fenicios, griegos, romanos, árabes,... y ahora, gaditanos. Y es que gaditanos somos (fueron) y seremos cuando lleguemos a inmortales: tú ya llegaste, así que guárdanos un sitito a tu vera...


Te conocí poco. Miento. Te conocí demasiado, al menos lo suficiente. Cuando dejaba de ser un chaval, fuiste mi maestro de Carnaval de Cádiz, junto a los maestros Paco, Enrique, Antonio, entre otros. No leía tus lecciones en libros enormes y pesados, reinos del rey Ácaro y de la reina Humedad, sino que las escuchaba en cintas cada vez más degradadas por el excesivo uso. Pero recuerdo que, sobre los trece o catorce años, junto al número 13 donde vivía y pegadita a La Posá del Mesón, abrieron tu peña, la peña Pedro Romero, que después la transfiguraron Cádiz Canta. Pero es que lo bueno dura poco: es algo que tú y yo sabemos demasiado bien, y puede que lo sepan también algunos más... Puede.


Te escribí un pasodoble en 1993, para que te lo cantaran mis gitanillos, del Barrio, elegantes pero desvergonzados, vendedores de barquillos de canela los domingos genoveses en Cai, de ahí que te lo cantaran con la ropa de los domingos puesta. Te conocí, años después, ya muy solo en el Barrio, para echarte un cable con todo el papeleo de la SGAE, que las placas no se pueden cocinar pero los billetes y las monedas compran lo que sí, ¿verdad, Pedro? La burocracia, qué mala ramera la burocracia. ¡Qué laberíntico laberinto el papeleo! ¿Y qué me dices de la diplomacia? Falsa como ella sola. Pero vuelvo a mentir porque, antes, mucho antes, con la ilusión todavía intacta de un chiquillo, en la peña Andújar, escuché de tu propia voz, cómo desgranabas en versos tus conocimientos históricos sobre las danzarinas de Gadeira, que ya por entonces, cuando los romanos, llevaron el arte de Cai por el mundo entero, por el orbe conocido, que por aquel entonces no era moco de pavo, ni mucho menos...


Ay, Pedro, ¿te puedes creer que sentí de nuevo lo que pesaba el mundo cuando supe lo mal que estabas? Sí, me lo dijo tu amigo Antonio, el del bar que está en tu barrio de paso demorándote en el bache. Y quise ir a verte a tu exilio en la isla donde duerme el león. Pero llegué demasiado tarde. La de la guadaña es que no espera... No tengo disculpa, Pedro. Ni excusa que valga. Quizás la de celebrar la vida, esa que tú tanto has celebrado hasta apurarla en tu última copa: la de tu último poema. Así que, por ahí, quizá pueda ser disculpado... pero no del todo. Así que me acerqué a darte mi último adiós, como otros se acercaron, casi de puntillas, muchos de ellos avergonzados, como yo. Y es que tuviste compañeros de coplas: Aurelio, Emilín,... Y admiradores de tu pluma, como yo entre muchos: los más.


Pero también tuviste compañeros decadentes. Al igual que Oscar antes, al igual que Pier Paolo en el intermezzo, al igual que Luis Antonio ahora, les abriste las puertas del dandismo en la ‘decadence’. El que no tiene hijos porque no quiere, se los inventa. Pero no son hijos de la carne, sino de la vida. Quizá hijos de las encrucijadas... Y es que elegimos estar más solos que la una, Pedro, como lobos esteparios aullando a la luna, esa luna de los sueños más locos y los deseos más desesperados, plateando las realidades con las que nos tropezamos en la vida, que son muchas y de muchos tropiezos, como hizo Luis en sus poemas, por cierto. Esa es la vida del poeta. Esa es la vida del que no puede ser profeta en su tierra. Y tú, Pedro, fuiste ambas cosas. Y muchas más: ésas, confidencias de gatos callejeros, golfos, lunáticos y gamberros, pero bellos como bella es la vida; las otras, las que todos saben, ladridos de perros que se lamen las heridas ajenas como propias cuando te clavan las puñalás traperas, que de puñalás traperas hay en Cai pa dar y regalar...


Pero no nos pongamos críticos ni trágicos, Pedro, aunque la crítica (que no la tragedia, que es griega) sea made in Cai (al menos, hasta no hace mucho, lo era). No podré asistir a tu último poema. Es que tengo que continuar la lucha por los más jóvenes de la fiesta sentado junto los más jóvenes de la fiesta, que como ellos están para ellos estamos. Tengo que seguir celebrando la vida. Tú, seguro que me comprendes mejor que nadie. Tú y yo sabemos. Porque, aunque parezca mentira, todavía hay viejos que mantienen sus ojos jóvenes... Y será por eso que, cuando te disperses en el viento y te fundas en el azul oscurecido y casi plateado de la mar de los atlantes, cuando tus últimos versos se amalgamen para siempre con la musa de tus poemas, cuando eso ocurra, será como volver a ser el chiquillo que fuiste zarandeado por las enormes olas de Los Corrales antes de que dos espigones las domaran y, que de vez en cuando y cuando se atrevía, se tiraba de cabeza desde la eterna, por inmortal e indomable, Piedra Barco. ¡Volverás a lucir el color del verano, Pedro, como narró Reinaldo! Entonces, Pedro, la de la guadaña habrá perdido su burocrática batalla y tú, poeta y profeta, vivirás para siempre, inmortal como inmortales son los chiquillos, que son los poetas que mejor celebran la vida.


Juan Pinto


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