Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Narciso no quiere ni cervecita ni pescaíto frito


(Esto es como un cuento satírico. Si hay coincidencia con la realidad, ha sido eso mismo: purita coincidencia.)


Narciso viene al Falla (al Carnaval de Cádiz vienen sus mayores, tan burguesísimos ellos). Y con él, viaja su espejo. Pero si se olvidara su amadísimo e inseparable espejo, no problem: se miraría en la orilla de La Caleta, que para eso está. Y es que Narciso es así de apañao. Además, a Narciso no le falta nunca de na, pero ¡ni que le falte de na! Narciso es hijo de papá, pero no de papá de ciudad, sino de cacique de pueblo: puede apartar cincuenta euros para comprarse una butaca en el Falla. ¡Pero eso es calderilla para Narciso!


Y en la taquilla del Falla, después de levantar su campamento de refugiado delante de los refugiados, a Narciso le han dicho que con las dos entradas, para él y para su churri, les dan sendas chinchetas para levantarse cada tres por cuatro de las butacas, pero él se las ha traído por si acaso, no vaya a ser que no las regalen con las entradas y no puedan levantarse de las butacas cada tres por cuatro... Y es que Narciso es desconfiado por naturaleza: cosas del status quo. También le dijeron que dan un decálogo en plan diez mandamientos para aprender a aplaudir a rabiar letras malísimas, músicas de colegio e interpretaciones de paripé. Pero eso Narciso no se lo ha creído, ¡faltaría más! Uno es desconfiado, pero no tanto... No obstante, Narciso saldrá con dolor de palmas de mano del Falla que le durarán lo mismo que le dura el dolor de costao cuando sale de costalero.


Narciso, en la cola larguísima, noctámbula, diurna y remojada, tiene al lado al hijo del mamporrero de los caballos de su padre. Este se gastará veinte euros: más no puede. Bueno, se gastará cuarenta, porque también viene con su churrita. Con ella bien agarradita del brazo (no vaya a ser que se largue con un comparsista), subirá al gallinero. Los dos llevan móviles de última generación (medio salario) y ya les están dando a la guasa esa de los pulgares, que esperar siempre aburre. Cuando ya estén sentado en el gallinero, y los creídos de los ‘carnavaleros’ (palabrota que no es de Cai, por cierto, como tampoco lo es ‘periodismo cantado’) estén cantando el trabajo de cuatro meses de ensayos sobre las tablas del Falla, ellos se harán fotitos y seguirán guaseando con los pulgares, que para eso están. Así, los foros de carnaval, se llenarán de sus insultos y despropósitos y barbaridades y escarnios atacando a gente que no conocen nada más que por fotitos o vídeos, tirando el trabajo solitario de autores y músicos y el trabajo colectivo del director con su grupo, por tierra a golpe de pulgar. Narciso hace lo mismo, pero de otra forma: se rempantinga en su butaca de cincuenta euros y aunque aplauda entre copla y copla, las luces del teatro lo están aplaudiendo a él.


Y es que a Narciso (y al hijo del mamporrero de los caballos de su padre) no les gusta ni la cervecita ni el pescaíto frito, ingredientes esenciales para una buena copla del Carnaval de Cádiz, el de verdad. Van a los baches de alrededor de teatro para beber y comer lo que beben en sus cortijos y ventas: vinos y chacinas. Las salazones, ¡para los que las pescan en Barbate!... aunque los fenicios y los romanos las convirtieran hace tres mil y dos mil años, respectivamente, en manjar de dioses.


Narciso y sus asalariados indirectos van al Falla a joder la marrana. Sonríen con sus dientes de clínica dental concertada cuando se les enciende la luz entre copla y copla, que vale más el trabajo de su dentista de pago que el sudor de cuatro meses de ensayos de obreros, parados y estudiantes. Son ya los protagonistas de la fiesta. Como buenos turistas que son, han visitado el Falla como el que visita un museo de cera. Y, probablemente, las últimas palabras que diga Narciso (y sus asalariados indirectos) en el lecho de muerte sean éstas, y las dirá de carretilla porque es que la muerte no espera ni entiende de barcos: ‘Pisha, una vez fui al Falla y, por cincuenta euritos de mierda, me convertí en el protagonista de la noche, escuchando esas coplas de museo de cera, y en los antros cercanos al teatro con servicios asquerosos, apestosos y minúsculos me comí lo que la mucama siempre me ha servido en la mesa desde que dejé de cagarme y mearme en los pantalones cortos, ¡que a mí no me va ni la cerveza de barril ni el pescaíto frito, y mucho menos la mojama, joder!: eso se lo dejo a los pobres, que es lo único que me puedo permitir dejarles’.


Juan Pinto


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