Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Montevideo


Siempre me imaginé, desde gurí, un Montevideo azul, supongo que porque ya lo orillaba atlántico en vez de rioplatense... Y me lo encontré verde... Y lo visité en medio de una encarnizada batalla entre las nubes y el sol... Y ganaron las nubes que, para celebrar tamaño triunfo, se juntaron y llovieron sobre la ciudad, a veces con ganas suicidas, y otras, las más, sin ganas, como el que no quiere la cosa, supongo que para perpetuar el triunfo gris y frío sobre el fuego amarillo y cálido.


Y caminé de norte a sur, y de sur a norte, la ciudad a través de su senda principal, la avenida 18 de Julio... Y la recorrí en un pequeño auto rojo tragón de kilómetros que, en su euforia tragakilómetros, se calentó tanto que tuvo que ser controlado su radiador con un rudimentario botón de recién te arreglo pero mientras tanto te apañas así... La verde Montevideo verdeaba mis ojos castaños con los primeros vientos de la primavera recién estrenada a través de las ventanillas de un pequeño auto rojo tragón de kilómetros y de radiador tendente a calentarse, el del amigazo José, el de la montevideana familia gaditana... de las de antes, aquellas de las casas de vecino, aquellas de los conventillos.


Y en una comida italiana cosmopolita, la señora argentina del escritor uruguayo afincado en Argentina se sorprendió de que los gaditanos no probásemos la carne roja y atacáramos el pescado y la pasta... Es que si al gaditano se le priva de pescado, entonces es como si le faltase algo esencial de su idiosincrática naturaleza. El gaditano es de sangre azul... atlántica. Y justo enfrente de la cosmopolita comida italiana, una familia de indigentes se buscaba la vida buscando, valga la rebuznancia, estacionamiento a los privilegiados, y si los privilegiados eran menos privilegiados, pues les llamaban taxis, a cambio de unos cuantos pesos uruguayos que hiciera pesados los bolsillos de los menos privilegiados.


Montevideo, el del Barrio Sur, donde se integran para tocar candombe en la escuela... de candombe. Montevideo, el de la Ciudad Vieja, donde me entraron ganas de sentarme delante de la casa colonial más vieja a esperar que se cayese del todo y así ver cómo reconstruían su esplendor de antaño... Montevideo, la de la guacha cargada con un tambor desmontando de su bicicleta ante las puertas de una vieja librería de viejos en la Ciudad Vieja, prometiendo lo imprevisto... Montevideo, la ciudad del encuentro de las ramas yéndose a las nubes sublimando despreciativamente las raíces carnestolendas del carnavalesco árbol de su afrouruguayidad, de su montevideogaditanismo, de su candombe, de su murga, de sus humoristas... Montevideo, la de los barrios obreros y su ciudadela del Cerro unida y separada del resto por un puente sobre el río, El Cerro compañero de La Teja, donde reflexionamos y proyectamos los futuros caminos a los pies de Artigas, el libertador, el que compartió el mismo sueño con Bolívar, aquél de un solo país suramericano nada más zafados del yugo español...


Ay, esos hermosos y atrayentes barrios obreros de Montevideo, con sus clubes de fútbol y basket-ball, donde ensayan sus gurises y muchachos de barrio (los que comen caliente mientras sus papás le dan al mate y al matambre), tanto ellas como ellos, horas y horas sus promesas carnavalescas, incluso tomando dos ómnibus durante hora y media para ensayar dos, tres, cuatro y hasta cinco horas los días feriados: la primavera y el verano de un millón ochocientos mil montevideanos (la mitad de la población del país) celebra la primavera preparándose para la prueba de admisión a conciencia y rinde culto al verano cantando en el teatro Ramón Collazo sublimando así el haber pasado la primaveral prueba de admisión con el concurso estival donde prometen auténtico carnaval del futuro... mucho carnaval del futuro.


Montevideo, que a decir de tres mosqueteros gaditanos, es como el Cádiz de los setenta, con sus mismas ganas de progreso y sus mismos problemas de entonces... Montevideo, que a decir de este D’Artagnan jocoso, sonriente, gaditano, uruguayizado y divertido, son como ocho Cádiz de grande, ciudad de más de cuarenta barrios... Ciudad de barrios (que no distritos), en definitiva.


El café con gusto a regaliz... 20 pesos en un boliche donde todavía se apunta lo que se debe con tiza sobre la barra de aluminio. El café negro y de exquisito sabor... 5 pesos en un tablado de barrio u ofrecimiento de Alicia, la de las maravillas culinarias, tras el almuerzo al atardecer. El café encapuchinado... 30 pesos que quisieron ser 130 por mor de la tunantería del mozo de una cafetería pro-chetos, pero que este gaditano fue más gaditano que nunca y se coscó de la tunantería, así que el mozo le tuvo que devolver en el vuelto los 100 pesos que se quiso quedar.


La llamada en el barrio cheto de Malvín... La nostalgia y la promesa de los conventillos del Barrio Sur y sus llamadas carnavalescas... El muchachito negro calando gorra blanca sin visera que transportó a este gaditano del verde Montevideo a un Nuevo Orleans de fantasía, blusero, jazzístico y tribal... La fantasía humildemente capitalista y pequeñoburguesa de un viajero gaditano anarquista para integrar a los gurises de piel multicolor en el candombe del Barrio Sur... Esa tristeza uruguaya que dicen, esa nostalgia de bandoneón en la puerta del Museo del Carnaval, museando así esa misma nostalgia, porque ¿no sale del bandoneón música? ¿No sale música del carnaval? ¿No es la música vida? ¿No es la vida música? ¿No es la música pasado, presente y futuro? A qué viene, entonces, tanta nostalgia...


He de confesarlo, amigos... No me queda otra. Porque es que ya se me nota. Sí, me he enamorado de Montevideo. Obvio que regresaré a la ciudad verde que, desde gurí, creí azul.


Juan Pinto


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