Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Me lo guiso, me lo como


Últimamente, me estoy dejando ver demasiado. Y, en otras circunstancias, este aparecer y reaparecer en la escena, sería excesivo. Al menos a mí me lo parecería si tuviese la virtud de poder salirme de mí mismo y observarme (virtud que algunos quisiesen tener y muchos ni siquiera han pensado en ella). No obstante, en las circunstancias actuales en las que intento vivir sin perderme a mí mismo del todo, prácticamente como supongo que le sucede a todos, este dejarme ver es casi como una despedida de la escena... temporal.


En este extertor de mi carnavalismo y gaditanismo, intento todavía hacer cosas con chavales. Ya no carnaval propiamente dicho, sino tender un puente entre el carnaval (la raíz del árbol) y otras expresiones artísticas (las ramas del árbol). Es difícil desligarse del todo de este carnavalismo y este gaditanismo que ha impregnado la mayor parte de mi vida musical hasta la fecha. Y tampoco sé a ciencia cierta si me sería conveniente desligarme del todo, o incluso si les sería conveniente a otros. La cosa es que el carnaval me ha dado mucho de lo que ahora soy, pero también me ha quitado mucho de lo que podría haber sido.


Sólo sé trabajar con chavales. Lo he hecho toda mi vida. Ya con catorce años, todavía un chaval, trabajaba con chiquillos de once y doce años. Con el tiempo, intenté hacerlo con adultos... Viendo el resultado de la comparsa de este año y otros intentos anteriores menos fructíferos y efectivos, es evidente que no tengo nada que hacer con adultos... al menos con los adultos de ‘aquí’. Así que insito con los chavales. Probablemente, sea a causa de mi carácter, forjado desde muy joven...


Ahora, me saco de la manga un taller para ellos. En realidad, no para ellos. Sino para esos pocos que ya tienen la inquietud de la autoría y la dirección carnavalesca, aunque tengan catorce, quince o dieciséis años, o incluso ocho años como el hijo del señero chirigotero viñero de los que hablé en el artículo anterior... por qué no. Y encima, me apoyan las entidades carnavalescas que deberían apoyar siempre iniciativas frescas y novedosas como ésta (para algunos, probablemente descabellada, pero por eso mismo, por ‘descabellada’ es más excitante emprenderla). Pero no tengo apoyo de los más jóvenes, porque algo terrible y temible ha pasado con los más jóvenes gaditanos... El motivo de por qué sucede esto con ellos, no cabe en este artículo, y no sé ya si en artículos posteriores...


Para muchos que me conocen, toco la guitarra bien. Anoche mismo, en unas improvisadas coplas carnavalescas en la peña El Quini, este gran director chirigotero del que escribo últimamente, me dijo, literalmente: ‘Juan, tú estás por encima’, refiriéndose a mi particular manera de tocar la guitarra y sacarle un sonido muy mío. Y allí mismo, un joven autor y director chirigotero con el que he compartido tablas en dos ocasiones, sigue insistiéndome para que salga con él en su más que prometedora chirigota... Es difícil hacerle comprender a un amigo que el carnaval y yo estamos viviendo nuestros últimos momentos en común... Finalmente, el genial director de chirigotas, apuntilló: ‘Algún día te darán tu sitio’. No es ni el primero ni el último que me lo dice. Obviamente, algún día caeré en el sitio que me corresponde, sea ésta correspondencia la que sea, pero será por mi propio peso, porque eso no se consigue esperando, sino haciendo...


Por tocar tan bien la guitarra y enseñarla todavía mejor, he contado entre mis aprendices con algunos hijos de grandes nombres de la comparsilandia. Uno de ellos, un amable e inteligente chiquillo de once años, prometía tanto en cuanto a la música se refiere, que le di clases gratuitas el verano pasado de composición, improvisación e interpretación, tanto para la guitarra española como para la guitarra eléctrica. Ahora está preparándose para pasar la prueba de acceso en el Conservatorio a la Enseñanza Profesional (antiguo Grado Medio) en su instrumento, el piano, que toca muy bien (he sido testigo de ello). Pero no sé si el convertirse en un académico intérprete profesional de piano reste la posibilidad de la creación musical a un nivel no tan académico pero sí más artístico con la guitarra, el otro de sus dos amores... Eso es algo que tendrá que averiguar por sí mismo. Eso sí, que no tarde mucho, no vaya a ser que le pase algo parecido a lo que me pasó a mí cuando a los diecisiete años saqué mi primera agrupación carnavalesca... traicionando a ese chaval de catorce años que ansiaba tanto realizar sus más recónditos sueños.


A veces, algún chaval de catorce años, se apiada de mí (cómo se les nota la educación católica) y me habla de amigos suyos de su edad que hacen música con instrumentos reciclados, y que me podría interesar, no sé, producirles un primer disco... Piensa, bienintencionadamente, este chaval que un hombre como yo, ya casi mediando los cuarenta, poco tengo ya que hacer en la música como compositor e intérprete y sí como productor de ‘inminentes músicos exitosos’ (la juventud tiene eso: ve viejos donde hay hombres). Este chaval, simplemente, me ha sobrevolado... Aunque, por otro lado, me gustaría conocer a esos tres chavales que son capaces de hacer instrumentos reciclados y hacerlos sonar...


Hace unos veinte años, cuando me iniciaba en el mundo de los sintetizadores (no sólo toco la guitarra y el piano), me compré con mucho esfuerzo económico y de tiempo una ‘workstation’ (estación de trabajo), la Ensoniq SD1, un sintetizador PCM con secuenciador integrado, en los que compuse mis primeros arreglos de música que nada tenían ya que ver con el carnaval. Ya tenía experiencia con teclados: antes tuve el típico CasioTone, uno italiano con acompañamiento del que no recuerdo el nombre y un sintetizador de síntesis FM, el Yamaha DS55, del que tengo muy buenos recuerdos por sus posibilidades sonoras tan creativas, sencillas y efectivas (tanto el Ensoniq SD1 y el Yamaha DS55 me los compró Jesús Romero: ahora él disfruta de ellos como los disfruté yo en el pasado). Bien, pues en esa época conocí a un buen amigo y colega en esto de la música, Luis. Estuvo en mi casa y yo estuve en la suya, admirando mutuamente nuestras respectivas adquisiciones de última tecnología musical: él tenía una guitarra Ibanez con una acción en el diapasón rapidísima. Luis toca maravillosamente bien la guitarra eléctrica. Y cuando escuchó algunas de mis composiciones, me dijo: ‘Juan, te has equivocado de instrumento; lo tuyo es el sampler.’


No hice caso a Luis. Y debería habérselo hecho. Uno más de algunos errores inexcusables que he cometido en mi vida. Mira que en el fondo sé escuchar... Lo malo es que después rumio mucho lo que escucho... Pero hoy, ya estoy subsanando ese error, porque desde hace unos tres años, el sampler, actualmente virtual, es parte esencial, junto con otros instrumentos virtuales como sintetizadores de síntesis substractiva, aditiva, FM, romplers, granular, modelado físico, además de la guitarra eléctrica, la guitarra española y mi propia voz... procesada. Y desde que acabó este carnaval, he reemprendido un proyecto musical ideado en diciembre de 1997 y he comenzado un imprevisto proyecto que me ilusiona y me devuelve la voluntad y la energía de cuando tenía catorce años, edad en la que tomé conciencia de que quería dedicarme profesionalmente a la música...


No obstante, la guitarra sigue siendo mi instrumento. Es más que eso, incluso. Es una extensión mía. En ella expreso todo lo que soy. Tanto en los momentos de sol como en los momentos de luna... Sólo le he añadido la guitarra eléctrica, el sampler, los sintetizadores, el rompler y los procesos vocales. Y, con todo este batiburrillo tecnológico-musical, estoy creando de nuevo. Y ‘retroalimentarme’ es lo que consigo de todo esto. Porque vuelvo a componer como lo hacía al principio con mi primera guitarra: toco, surgen pasajes, y me quedo con los que me satisface y olvido el resto... Así que vuelvo a estar en el mejor momento posible. Y por esto mismo, sé que por fin conseguiré el acariciado sueño de mi juventud...


Sí, amigos y enemigos míos, pronto desapareceré de la escena. Lo haré por un tiempito. Voy a encerrarme de nuevo en mi propio mundo tecnológico-musical, donde cabe la creatividad, la improvisación y la interpretación, además de una más que significativa dosis de experimentación, por supuesto: todos, ingredientes básicos para la ecléctica expresión en libertad. Esta vez dejaré una huella indeleble en las arenas del tiempo (muchos me dirían que ya las he dejado con mis agrupaciones infantiles y juveniles). Y lo haré cruzando el puente que se tiende desde mis raíces carnavalescas y gaditanas a lo que sea que descubra cuando acabe de cruzar ese mismo puente en el que ahora ‘funambulo’.


Juan Pinto


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