Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


La vida como incapacidad de juicio


En mis caóticas y fragmentadas incursiones a la biblioteca pública, de vez en cuando me suelo encontrar una joyita de negro sobre blanco, de tinta sobre papel. Y puede suceder que me reencuentre con algún escritor ya leído en el pasado. Pues bien, en este caso, me reencontré con una escritora: la poeta y filósofa belga Chantal Maillard. Chantal Maillard es una mujer algo mayor que yo que nació en Bélgica pero ha vivido en dispares lugares del mundo: La India, entre otros, pero, sí amigos, sí, incluso ha vivido en Cádiz: ‘en las dunas de Cádiz’, escribe (si Antonio Machado llamó a Cádiz ‘salada claridad’, Chantal Maillard se ha enamorado de sus dunas con ese hedonismo foráneo que tan extraño es para muchos de nosotros, tan locales, pero que si nos alejáramos de Cádiz un tiempo largo, comprenderíamos de inmediato). Descubrí a Chantal Maillard, a sus poemas cortos, tan cortos que más que poemas parecen ‘esbozos de poemas’, a su poesía posmoderna y estilizada, en un poemario que tituló ‘Muerte a Platón’, una posibilidad claramente posmoderna de trascender la ‘razón’ moderna y llegar por fin al ‘hecho’, pequeño pero real, posmoderno: la pequeña historia de los ‘insignificantes’ frente a la gran historia de los ‘importantes’.


Y escribe Chantal: ‘Acaso la inocencia no sea otra cosa que la incapacidad para el juicio, y ésta sea la razón de que, en los primeros albores de la existencia, el mundo sea experimentado con sencilla y gozosa plenitud’. ¡Vaya posibilidad!, ¿verdad? Pero me voy a permitir cambiar una palabra: transformaré ‘inocencia’ por ‘vida’, reafirmando mi militancia en las huestes de Oscar Wilde (novelista y dramaturgo irlandés), Friedrich Nietzsche (filólogo clásico y filósofo alemán) y Lolo Rico (responsable del programa infantil que echaban en la tele los sábados por la mañana en la década de los ochenta ‘La Bola de Cristal’). Oscar Wilde afirmó que no existía la inocencia en los niños. (la inocencia es un mito para sustentar la culpabilidad, su contrario: blanco y negro). Friedrich Nietzsche imaginó su Übermensch (Superhombre, Suprahombre, Sobrehombre o Transhombre) más allá del hombre y como ‘un niño que juega inocentemente con la vida’. Y Lolo Rico, declaró públicamente: ‘Los niños son crueles’...


Puestos en situación, podríamos afirmar, siguiendo estos pensamientos, que un niño no es inocente porque tampoco es culpable (es un niño), un niño juega inocentemente con la vida (de él y las de su entorno) porque, simplemente, un niño... juega y, por último, en su juego, puede llegar a ser ‘cruel’ porque está en su naturaleza cualquier posibilidad, cualquier capacidad, pero esa ‘crueldad’ es algo natural en él y nada tiene que ver con la crueldad de los adultos, esos que ‘han dejado de ser niños’ y, por tanto, de estar plenamente vivos como sí lo están los niños a pesar de la constante presencia adulta: ‘pájaros vigilados por cuervos’.


Tengo la fortuna de vivir en ‘la esquina que da a la alegría’. Así llamo yo a mi habitación esquinada en la placita de juegos infantiles y juveniles que esos mismos chiquillos y chavales han llamado ‘los patios’ (quizá la vean como una suerte de confluencia de esos patios de casas de vecinos que le han contado sus abuelos, donde la vida se amalgamaba y mezclaba, vete a saber). Por tanto, a partir de las cuatro de la tarde y a veces hasta las doce de la noche, me trae el viento del sur sus gritos de diversión, gozo y placer porque, jugando, son la vida misma expresándose, mostrándose, tal como es: natural y plenamente humana. Y sus juegos son ‘peligrosos’, quizás peligrosos para los adultos, pero no para ellos, aunque alguno acabe al final accidentado, como ya ha ocurrido. Los juegos ‘peligrosos’ para los niños son el modo de probarse a sí mismos, de probar el flexible, maravilloso y ágil cuerpo que son, evolucionado para la plenitud, para la existencia, para la vida, para el futuro desde ese presente divertido, pleno, gozoso. Un niño humano puede mostrarse en sus juegos igual que se muestra cualquier cachorro de mamífero jugando: los juegos son la mejor forma de aprender qué es la vida, pero para el cachorro humano es incluso mejor (o peor, según se mire): qué puede llegar a ser la vida, mi vida y la de los otros (con ese ‘yo’ pero consevando ese ‘otro’, el niño comienza a crecer pero crecerá sin pensar en su pasado como el paraíso perdido porque llevará ese paraíso con él el resto de su vida: que se lo digan a Peter Pan).


En este carnaval se me eligió para habitar otra esquina, una esquina techada, amurallada y vieja, aunque excesivamente aireada. Y, al igual que hago en mi esquina, quise abandonarme a la alegría en ésta, esta vez a la alegría de las voces y las manos. Pero no siempre me pude perder en ella. Algunos grupos, tanto de chiquillos como de chavales, se mostraron agobiados, presionados y hasta enfadados, como si en vez de prepararse para cantar y tocar, lo hicieran para alistarse a un ejercito muy particular (y aquí no cabría eso de ‘el patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja, como los demás’), preparados para una cruenta y cruel batalla. Y de esta guisa he visto chirigotas (sí, chirigotas) y sobre todo comparsas (los coros y los cuartetos han venido a pasarlo bien y a hacérnoslo pasar bien). Los que me acompañaban en esta esquina techada, amurallada y vieja, notaron también esa incongruencia de la presión y el enfado en vez de la diversión, el gozo, el placer y la plenitud de mostrarse tal como son, tan naturales y tan auténticamente humanos, de estar real y plenamente vivos. Quizá por ello, coincidimos en destacar a los grupos que mejor se lo pasaron bajo esta esquina porque decidieron ser uno en vez de algunos, porque, tal vez, hicieron suyas las letras y las músicas y los ensayos de otros, casi todos jóvenes, pero irremediable y perdidamente adultos. Y tan suyas las hicieron que se olvidaron de nervios, presión y, sobre todo, de ganar (lo que agobia, ennervia, presiona). Fueron a divertirse y a divertirnos, y realmente lo consiguieron. Fueron naturales. Fueron auténticos. Fueron... ‘cruelmente’ sinceros, tal como son.


Pero claro, las decisiones adultas hay que pagarlas (incluso las pagan los chiquillos y los chavales no siendo sus decisiones: ellos ni siquiera deciden pasarlo bien, simplemente se lo pasan bien de por sí, así, sin pensar, sino dejándose llevar como se dejan llevar el resto del tiempo). Y los que tuvimos que decidir porque los hilos son inflexibles, alguno más osado que otro, al dejarnos ver, al salir de esa esquina techada, amurallada y vieja, aguantamos broncas y amenazas de adultos. Pero peor fue lo que alguno tuvo que aguantar: chiquillos que no hace pocos años se divirtieron con alguno en un local de ensayos los sábados por la mañana cuando se cansaban de ensayar y se ponían a jugar con alguno inventando onomatopeyas, compases, notas y ritmos, todos sentados en círculo, disfrutando como niños (lo que son) y liberando abiertas sonrisas, risas y carcajadas al aire viciado y cerrado del local; pues bien, esos chiquillos, ya más chavales que chiquillos, le volvieron la cara a alguno porque ‘no habían ganado’. Eso sí dolió. Las broncas y amenazas adultas, no: provienen de la ignorancia y del no saber estar.


Y es que hay algunos que saben enseñar y lo hacen complicándose con los chiquillos y chavales e implicándolos a ellos en el juego: jugando, aprenden. Hay otros que manejan a los niños como títeres suyos y, peor aún, los transforman en extensiones de sus ignorantes, mezquinas y mediocres ambiciones de titiriteros (Pepito Grillo comiéndole la oreja a Pinocho mientras Alicia decide no seguir corriendo detrás del conejo). Pero salen perdiendo porque vuelvo a sonreír cuando veo que a muchos de esos niños se les pasa el ‘disgusto’ de la noche a la mañana y se dejan llevar por sus naturales impulsos, juguetones y traviesos de nuevo, rompiendo los hilos represores de los reprimidos. La vida como incapacidad de juicio, incapaz de juzgar. Y si juzgan sin querer, y si llegan a ser ‘crueles’, quizá lo vean después, si lo ven, como un juego más serio que los otros, el ‘juego’ más serio de todos y el más indeseable, probablemente el más evitable siendo para muchos tan ‘inevitable’. Pero estoy absolutamente seguro que no lo verán como un juicio de adultos hasta que ellos mismos sean eso mismo: adultos. Ahora, quieran o no quieran algunos adultos, son... niños.


Juan Pinto


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