Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Ensayo y error


¡Tranquilos que no voy a soltaros el rollo con lo del CD y los vídeos que estoy subiendo! Sino que, al igual que hice hace dos fines de semana, voy a escribir sobre la ‘fauna y flora’ carnavalera que me encontré anoche en la calle La Palma. A diferencia del artículo anterior, aquí no va a ver solamente elogios... No en vano, se trata del ensayo y el error, ya que no hay ensayo que no venga acompañado de error. Hay aciertos y desaciertos. Hubo aciertos y desaciertos anoche. A partes iguales...


La calle La Palma estaba concurrida. Pero no hasta la bandera. Aunque había ambiente. Y no estaba concurrida por lo que estaba ocurriendo dentro del local donde se desarrollaba la final del concurso: más ensayo que error; sino por lo que estaba sucediendo fuera del local: más error que ensayo... disfrazado de ‘homenaje’. Una de las peores cosas que están sucediendo en el Carnaval de Cádiz (y en Cádiz también) son el excesivo protagonismo de los dinosaurios sobre los tímidos pero valorables asomarse de cabecitas de los alevines. Anoche no fue una excepción, desafortunadamente para casi todos, desde los dinosaurios hasta los alevines pasando por los de en medio, como yo como uno más de este reducido grupo de estafados supervivientes.


El Carnaval de Cádiz hace doce años se quedó empantando en los peores momentos de la década de los 90: el inicio de su decadencia actual. Y va a peor. De ahí que lleve doce años de retraso para ingresar de una vez por todas en el siglo 21. No obstante, siempre hay algún soplo de aire fresco (más que soplo, postrer aliento nada más nacer) que limpia un poco de telarañas y polvo las fiebres febreriles. De eso hablé en el artículo anterior y de eso todos deberíamos felicitarnos. De lo de anoche, no. Fue tan lamentable y patético...


Cuando unos papás me dicen que sus hijos con ‘sólo catorce años’ (uno tiene catorce, otro dieciséis y otro dieciocho) lo han hecho bien ‘codeándose con los grandes’, entonces es algo va rematadamente mal... Yo me acuerdo muy bien de cuando tenía catorce años y compuse mi primera canción: fui músico antes que autor de carnaval (a ver si por fin se enteran los sordos). No se la canté absolutamente a nadie (no por miedo al ‘fracaso’: para tener miedo al fracaso hay que tener primero éxito y yo, la verdad, no tenía ninguna de las dos cosas; solamente tenía mi guitarra, mi voz y mi imaginación). Pero sí la escucharon: era inevitable, me ponía a cantarla en la escalinata de la Catedral y por allá pululaban todos los chiquillos y chavales del barrio haciendo campo de fútbol de propiedad eclesiástica y se paraban a escuchar (todavía se paran a escuchar en la placita donde vivo cuando me pongo a tocar: me encanta ver cómo dejan el balón solo para escuchar a un tipo tocando la guitarra). Y a casi todos les gustó (y a casi todos les gusta). Ahí descubrí lo importante que podría llegar a ser que gustara lo que hicieras... (Con el tiempo he cambiado de opinión: ahora me importa un carajo si lo que hago gusta o no.)


Para mí, lo más importante es que los chavales parece que se lo han currado: han ensayado (todavía no he visto los vídeos, así que no puedo argumentar este parecer mío, pero sus papás tienen todo mi respeto y credibilidad, y sé que lo que me están diciendo se acerca mucho a la verdad). Puede que no sean ‘perfectos’ (se habla de la perfección como se habla de dios). Y esto ya es suficiente: es lo que hacíamos nosotros siendo igual de jóvenes que ellos, currarlo, ensayarlo, equivocándonos, corrigiendo... Así que nada nuevo bajo el sol... ni bajo la luna. Pero los hay más mayorcitos que también se lo han currado pero que bien: de hecho, hay un grupito que suena mejor como grupito que grupo, pero que mucho mejor... Lástima que la pluma y el pentagrama no estén a la altura...


¡Y es que se le da tanta importancia a sonar bien! A piar, como se dice en el argot (la verdad, piando, me gusta más mi canario). Lo bueno de estos concursos veraniegos es, en realidad, escuchar en otras voces pasodobles tan buenos como los del primer Antonio Martín, todo Enrique Villegas, el primer Pedro Romero, las primeras comparsas del Puerto, el primer Antonio Busto, todo Paco Alba (echo de menos alguno de Cañamaque). Pero cuando se ponen a cantar cosas actuales... Ponen de manifiesto que pían muy bien pero escriben y componen de pena (insisto: piando, me gusta más mi canario).


Ensayar cosas de dinosaurios siendo alevines te hace realmente carnavalesco (que no ‘carnavalero’, ¡qué horror de palabreja!): la comparsa tuvo su época dorada entre 1976 y 1984. Pero piar cosas de los noventa y de estos primeros doce años del siglo, te hace tener un ego más grande que el ego que exhibe día sí y día también ‘la alcalda’, y eso ya es decir ego... El ego sobra. Faltan letristas, músicos y componentes de calidad, tanto ética como estéticamente (entendiendo estética como ‘filosofía del arte’ y ética como ‘carácter’). Y también falta que un grupo joven no se crea los dioses del olimpo del bello canto desentonando más que cantando y renuncie a seguir participando porque no se les ha premiado en un concurso veraniego (siendo tan ateo como soy, llego a sentir compasión católica apostólica romana de ver tanto invierno en verano)... Que ensayen a conciencia como los alevines de ‘sólo catorce años’ y entonces se les premiará, más o menos, como merecen... Como mínimo, seguro que les iría mejor y además de felices, serían libres.


Así está el panorama, amigos y enemigos míos. ¡Qué se le va a hacer! (Vaya, me salió el gaditano.) No obstante, tengo que tener más moral que el Alcoyano, porque estoy segurísimo que algo sí se puede hacer... ¿No?


Juan Pinto


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