Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Enfants fin de siècle


Últimamente, la vida me sigue sorprendiendo cada día que pasa. Suelo terminar sobre las diez de la noche y bajarme a la placita a empaparme de vida, a leer mientras escucho los gritos de los chiquillos jugando al fútbol: los chicos de hoy definen e impostan la voz hasta en sus violentos cambios de impresiones de sangre que jamás llegará al río. En realidad, me empapo mucho de vida estas noches de verano, vida que transfiguro en vida cuando me pongo a componer. He de reconocerlo de una vez por todas: son los ‘efants fin de siècle’ los que insuflan la vida a mis composiciones, al menos las de estos cuatro discos en uno pero que saldrán como cuatro... De las siguientes, otras noches de verano dirán.


La cosa es que anoche, ahora que me he tomado un impasse para desaturizarme, la vida volvió a sorprenderme. Hasta no hace mucho, no me solía soprender la vida, supongo que a nadie lo hace, ¿verdad? Pues en eso puedo considerarme afortunado, la verdad. Al igual que Álex (11 años) en la Plaza de La Merced de Málaga me sorprendió diciéndome: "Yo he nacido para correr", anoche Juanjo (13 años), en ‘la esquina que da a la alegría’ me dijo: "El sonido es lo mejor de todo"...


A Juanjo lo conozco de hace apenas un año: ensayaba con una comparsa infantil a la que de vez en cuando asistía a sus ensayos. Como se parece a Herman, el poeta colombiano de 16 años (ha desaparecido y por lo visto no le interesa mi propuesta de ayudarle a publicar su primer poemario), lo llamé desde el primer momento ‘Poeta’. Y siempre que lo veía después, lo saludaba: ‘Eh, Poeta, cómo te va la vida’. Ya saben los chicos a esa edad: no les molesta que los llame de una manera distinta a como lo llaman los demás (todavía recuerdo lo que le gustaba a Jose que lo llamase ‘Ratón’), al contrario: les halaga (delante mía dijo, con cierto entusiasmo y orgullo, a su madre: ‘Sí, mamá, el que me llama Poeta’ para presentarme a ella, que resulta que ya nos conocíamos, pues de niña la estuve trabajando con otras niñas y niños en una comparsa mixta juvenil que iba a sacar con la difunta Emilia en su casa de la calle Mesón: eso fue antes de Cascabeles, comparsa que se iba a llamar Los Mesoneros)... ¡Qué travieso se manifiesta a veces ‘el diosecillo azaroso’!


Bueno, la cosa es que he invitado a Juanjo a que preste su voz para el proyecto en el que estoy embarcado: otro grumete más. Como él dice, se está desarrollando (le está cambiando la voz) y que no sabe si me va a gustar. Yo le digo que con lo que me ha dicho, ya tenemos buen principio. El chico ama el sonido. Y ama la guitarra. Y encima hace beatbox con la boca (mi música le va a gustar) y desafía a la fuerza de gravedad haciendo parkour, el arte del desplazamiento. Es puro ritmo y puro enamorado del sonido. Mejor, imposible... Ahora sólo queda hacerlo cantar al mismo nivel que todo lo demás. No será moco de pavo, pero sí fascinante.


Aunque no solamente me sorprendió la vida con el redescubrimiento de Juanjo: tenía la sensación de que algo iba a ocurrir, algo bueno, por eso me bajé la guitarra a la placita. No me equivoqué. Anoche, todos los chiquillos del barrio dejaron de jugar al fútbol y me rodearon para escucharme tocar: me pedían que tocara para ellos. Así lo hice. Y así descubrí que Sergio (13 años) tiene una voz preciosa (cuando vea que Juanjo se atreve a probar, él también querrá y los tres grumetes serán los tres grumetes que tienen que estar a bordo) y es muy inteligente y su padre fue chirigotero de Los Mohosos, Iñaki (13 años) toca la batería aunque puntualizó: ‘Ahora la tengo rota’, que Jose (13 años) es ateo y que en su colegio concertado dando clases de religión me suelta: ‘Me pongo a hacer otra cosa’. Y que Alejandro (14 años), según la madre de Juanjo, es un buen chiquillo pero ‘más flojo que un muelle de guita’; por lo que lo conozco ya, ratifico esas palabras: viene a la placita a jugar desde que era muy chiquitito y, aunque tranquilo y sosegado, empapaba de vida también (todos lo hacen: cosa que les vendría muy bien a tanto muerto viviente).


Anoche la vida me volvió a sorprender. ¡Y cómo! Y es que a mí me hace gracia (y maldita la gracia que me hace) que haya gente que no ve ni escucha desde su escalafón de ‘adultos’ a esos grandes pequeños que en sus miradas oscuras, en sus movimientos ágiles y livianos e imposibles, en sus discusiones de no más de un minuto, en sus memorias de pájaro enjaulado, en sus volubilidades de universos, en esos pequeños pocacosas tímidos que por un momento son capaces de trascender la timidez, asomarse al umbral y hablarles a un desconocido de sus sueños, deseos, realidades, ilusiones, inquietudes, vidas... Hasta prestan atención a este desconocido cuando coteja su parecer con ellos y están abiertos tanto a la asimilación como a la crítica. Y es que no se conforman con escuchar y aceptar, sino que rumian lo que escuchan y aceptan o rechazan, aunque no se atrevan a expresarlo abiertamente. Sus caras, sí.


Juan Pinto


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