Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


El placer de mi música


Antes de desaparecer del todo... por un tiempito, no me resisto a contaros lo que es para mí la música, y sobre todo mi música. Para mí, la música es un placer. Y cuando hablo de placer, no me refiero a esa concepción que se tiene del placer como algo superficial y momentáneo, como un placebo que nos distrae del resto de la vida, cosa ‘seria’. No, placer para mí es sinónimo de amor, un amor nada excluyente del placer de los sentidos y del deseo. En este mundo heredero de tanto platonismo-catolicismo-aristotelismo, donde el ser humano está dividido en tres, cuerpo, mente y espíritu, el amor se sublima como algo más espiritual e intelectual que físico, cuando en realidad, trascendiendo esa tripartición racional (por Platón, el origen de la misma) de la humanidad, el amor lo es todo; es la vida, si me apuran. Ergo, amor y vida son lo mismo. Y si la vida es música, se concluye que tanto amor como vida y música son lo mismo. Sí, yo también hago tripartición lógico-racional, pero al menos no la impongo, solamente la comparto. Aunque en realidad, si nos fijamos bien, solamente estoy hablando de una cosa...


En estos tiempos tan creativos en cuanto a la música que hago se refiere, estoy a flor de piel constantemente, es decir, todo lo que viene del exterior me toca y me estremece: invade peligrosa pero placenteramente mi mundo y lo retroalimenta. Paralelamente a una fase de extrema creatividad, siempre experimento una fase de extrema observación: en otras palabras, estoy igual de atento a mi interior como a mi exterior. La otra noche, un chirigotero que cuando niño se estrenó conmigo en esto de los carnavales, cantó un pasodoble de ‘Viento de Levante’ (comparsa en la que se inició en esto del carnaval con tan sólo diez años). Y, una de dos, o la música gana con su manera de cantarla tan bien (rozaba la perfección cantando esas notas) o la música es tan hermosa que gana con el paso del tiempo. Yo pienso que son una amalgama de ambas cosas, y puede que incluso de más cosas, como por ejemplo, el amor, la vida, el placer. Porque hay tanto amor, vida, placer, en la voz de este chirigotero que fue comparsista infantil cantando ese pasodoble y hubo tanto amor, placer, en mí cuando lo compuse, que la melodía ha superado el paso del tiempo y nos sigue invadiendo, tremendamente bellísima, los oídos... La cantamos a dúo, y se la cantamos a otro chirigotero, que disfrutó igual o más que nosotros de tan hermosa melodía. Y pensar que cuando compuse ese pasodoble tenía ventiún años...


Cuando conversaba con los gurises en Montevideo el pasado septiembre y me preguntaban a qué me dedicaba (los muchachos iberoamericanos son muy curiosos a ese respecto) y yo les decía que era músico, me tocaba sin darme cuenta el oído. Mis buenos amigos adultos me lo hicieron notar (los chicos, no). A partir de entonces, cuando decía que era músico, reprimía conscientemente el gesto... ¡Oh, mal hecho, Juan, muy mal hecho...! En ese momento, no me daba cuenta de que era algo natural en mí: hablar de mi música era algo tan natural en mí que no solamente hablaba con palabras, sino con los sentidos. Hablar de música es igual de natural en mí que hacer música. Y hago ambas cosas con todo mi ser, trascendiendo triparticiones físico-espirituo-intelectuales, tanto las impuestas como las propias.


Cuando compuse ese pasodoble, escribí una letra que dediqué a un amigo vecino, un hombre, un marino anclado en tierra al que apodábamos ‘El Che’, por sus barbas marineras que se nos antojaban revolucionarias a los jóvenes del barrio. Este hombre, que murió poco después por sus excesos con el alcohol en el que ahogaba las penas por no volver a navegar, decía que yo estaba desperdiciando mi talento en el carnaval, que estaba llamado a hacer grandes cosas en la música... Rumié mucho sus palabras empapadas en alcohol, pero no le hice caso... O, al menos, no le hice caso inmediatamente, porque ahora, que vuelvo a donde empecé, sí que me acuerdo de sus palabras, y ya me veo a la altura de ellas en cuando a reconocimiento y agradecimiento se refiere... Amigo Che, estés donde estés, tenías razón.


Sería falso decir que nací para la música. Eso implicaría que tendría lo que llaman un ‘don’. Nada más lejos de la realidad. En realidad, no sé lo que es ‘tener un don’. ¿Lo tiene alguien? Y si lo tiene, ¿me podría decir qué es tener un don para yo saberlo? Es que tengo curiosidad... Simplemente tengo amor, placer, por la música. Y lo tenía ya con ocho años, cuando quise aprender a tocar la guitarra. Y lo tenía a los doce, cuando pude aprender a tocarla por fin (¿véis?, ‘tocar’: placer, vida, amor). Y lo tenía a los catorce, cuando compuse mi primer tema musical. Y lo tenía a los diecisiete, cuando saqué mi primera agrupación carnavalesca. Y lo tengo ahora, ya prácticamente desligado del carnaval y aventurándome de nuevo en el farragoso pero placentero mundo de la música, de mi música... tan mía y a la que proyecto pronto tan vuestra.


Oye, ¿qué es la música para ti? ¿Cómo la vives? ¿Es tu vida? O solamente la complementa...


Juan Pinto


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