Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


El fallo humano, demasiado humano


Voy a tomar prestado el título de un ensayo filosófico de Friedrich Nietzsche titulado Humano, Demasiado Humano, para titular, valga la redundancia, este artículo. Es un artículo que quizás debería haber escrito antes de la final de adultos. Pero no sé por qué decidí esperar al fallo de los premios. Pienso que ha sido la más sabia decisión, porque ya tengo mucho más que analizar para que no se quede nada en el tintero.


En años como estos, donde los primeros premios se ven venir, poco aliciente dejan al aficionado para ver y escuchar la final. De hecho, yo no he visto ni he escuchado la final. Pero ya sé los premios (he buscado la información por internet). Lo curioso es que, para mi modesto entender, acertaron de pleno en la primera criba: el pase a cuartos. Dejaron afuera a algunos grupos que lo hicieron mal sobre el escenario y a otros grupos con autores doctores honoris causa en carnaval. Así que hasta ese momento, bien. Fueron justos.


Pero la cosa cambio, y cómo, en la segunda criba: el pase a semifinales. De momento, faltó un coro más: el coro a pie (me da igual que lo hayan dejado séptimo en vez de sexto: un carnaval, cuanto más variado y abierto, mejor; además, El Flautista es un coro merecedor de estar en semifinales tanto por repertorio como por interpretación). Sobró una comparsa: no la que todo el mundo piensa y confirma después de su undécimo puesto. Ocho chirigotas y tres cuartetos está bien (de hecho, hasta en los premios vamos a notar que los jurados de chirigotas y cuartetos lo han hecho mucho mejor que los jurados de coros y comparsas).


Y todo se vino abajo en la tercera criba: el pase a la final. Bueno, todo no. En chirigotas fue bien (podría haber habido algún cambio de una por otra y todos hubieran estado igual de contentos) y en cuartetos también (aunque yo hubiera metido los tres porque pienso que los tres tenían calidad suficiente para llegar a la final). Así que la catastrofic magic band, es decir, la banda de la magia catastrófica llegó con los finalistas para coros y comparsas. Aunque tampoco debería sorprendernos, ¿verdad? De hecho, las previsiones más pesimistas ante la elección del jurado han sido absolutamente acertadas desde el primer momento que se supo.


Cuando suceden estos despropósitos, se suele achacar que no llueve al gusto de todos y frases hechas por el estilo, y todos conformes en paz. Pues no, de conformes y en paz nada. Tampoco me achaquen decisiones muy particulares al sentido común (a estas alturas de mi vida, y voy ya para el medio siglo, todavía no sé qué es eso del sentido común: será porque todavía no he encontrado alguien que me lo haya podido explicar). Lo particular no se puede confundir con lo general.


Yo no soy devoto de Luis Rivero (de hecho, siempre lo he considerado como uno de los niños bonitos del Carnaval de Cádiz y a mí, como enfant terrible pero siempre sonriente, los niños bonitos me revientan), pero Khumbayá es una obra maestra (aunque todavía no consigo explicarme el cambio de chaqueta ideológico de los dos tangos de cuartos). Khumbayá es un coro que roza la perfección en todos los sentidos carnavalescos, gaditanos, estéticos, artísticos y éticos posibles. Así que jamás entenderé su quinto puesto (de hecho, debería haber sido el primer premio de calle: sobre todo desde su pase de cuartos). Y el tercer premio a La Cañonera es un atentado en toda regla contra el trabajo bien hecho (el segundo, el primero ha sido contra Khumbayá).


En comparsas, más de lo mismo. Aunque las comparaciones casi siempre son odiosas (en este concurso no es suficiente competir contra los demás sino contra uno mismo además), sí es verdad que Los Del Piso De Abajo no ha cumplido todas las expectativas, al igual que Los Gatos Callejeros y Lo Siento, Pisha, To Er Mundo No Puede Ser De Cai. Pero al menos una de esas comparsas debería estar en la final. Aunque me alegro mucho por Cardozo y sus Válidos al alimón con Kike, la única comparsa que merecidamente entró en la final es El Rey Burlón, de Juan Fernández: desde el primer momento muchos la vimos dentro (después de verla y escucharla, obviamente).


El problema del COAC de los últimos tiempos es que se confunden cuatro verbos: ganar, concursar, participar y perder. Y aunque estén relacionados con el concurso, todos y cada uno de ellos son distintos. Hay autores y grupos que sólo van para ganar a toda costa (y aquí tengo que meter a algunos autores y grupos de infantiles y juveniles que, me temo, se están mirando en el mismo espejo deformado). Y si para ello tienen que tenerlo todo a favor menos el propio trabajo que es lo que en realidad debe favorecerles, bienvenido sea este favoritismo (por cierto, hay fanáticos en todas partes). Ya puestos, ¿por qué no concursan y se les guarda el primer premio y ya que actúen en la final de un día después de la final?


(Antes se decía que cuando nacía un niño, lo hacía con el pan bajo el brazo. Ahora hay niños que nacen con más de treinta años y, en vez de con el pan bajo el brazo, con una llave incrustada en la espalda.)


Callejeros que se encierran en un palco y son rápidamente seducidos por el lado oscuro. Callejeras que consiguen dar un poco de luz en ese lado oscuro. Palco malsano donde los haya, inundado de cronohombres tendentes a la mezquindad y a la inquina más fuera de lugar de todas, esperpéntica inquina decimonónica en pleno siglo 21: la que te ciega y te ensordece y no te hace mirar y escuchar, como la responsabilidad de haber sido elegido te exige, lo que realmente está aconteciendo sobre las tablas del teatro Falla.


Es muy fácil quitarle hierro al asunto. Es cuestión de gustos, aseguran... y se quedan tan panchos. Como si a través del gusto, de la subjetividad más extrema y superficial que existe, se pueda dar veredicto sobre los hechos (las actuaciones) desoyendo, por cierto, a mucha gente que sí las ha valorado desde su afición todavía superviviente: la minoría decidiendo por la mayoría, ¿a qué me suena eso? El problema aquí radica en que con decisiones como las de este COAC 2013 en coros y comparsas tienden a marcar tendencias, valga la redundancia. Craso error por un lado y por otro. El jurado del COAC 2014 puede ser muy distinto y, quizás, menos injusto y más acertado que éste. Fallo humano, demasiado humano.


Juan Pinto


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