Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Dos como cuatro días


El Carnaval de Cádiz es un microcosmos limitado. Al menos en lo que ya lo conozco, tanto desde dentro como desde fuera. Sí es verdad que cuando estuve en Montevideo curioseando en su Carnaval, lo vi semejante al gaditano, en cierta manera. Pero también comprobé, sobre todo en los ensayos que es a donde se cuece todo este meollo en ambas orillas atlánticas, que el de Uruguay tiende a extralimitarse en el mejor y más amplio y abierto sentido de la palabra. El concurso allá es su leif motiv. Pero después de las limitaciones de espacio y tiempo del concurso, hay vida todavía. El concurso aquí es importante, pero también lo es la calle, y aunque desde fuera parezca que mantienen un pulso constante e interminable, en realidad no es así, y ambos prismas carnavalescos gaditanos son complementarios y atraen a su propio público que, a veces, se amalgama.


He vivido dos días intensos este fin de semana. Después de un mes de trabajo continuado en 'mi pequeño laboratorio/estudio multimedia', estos dos días me han sabido a cuatro, de lo intensos e interesantes que me han parecido. Hacía medio año que no tenía nada que ver con el carnaval. Y ahora, que lo veo más desde fuera que desde dentro, tengo perspectiva suficiente para verlo con otros ojos y escucharlo con otros oídos. De momento, ¡qué cantidad de concursos en agosto, dios Momo!


En Cádiz nos solemos quejar muchísimo. De hecho, es lo que más hacemos (junto con dejar pasar el tiempo y quedarnos viéndolas venir). En la queja consumimos energía y se nos va la vida en ella. Somos así. Por eso, si yo volviera a ser el gaditano que fui cuando me dejé caer como autor carnavalesco olvidándome un poco de lo que realmente soy, es decir, músico, pues pondría el grito en el cielo (el más azul e intenso del mundo cuando los vientos se ponen de acuerdo) y diría: '¿Carnaval hasta en agosto, pisha?'


Pero yo ya no soy ese joven gaditano que se dejó caer dieciséis años (demasiado tiempo para dejarse caer, la verdad) en los intrígulis del febrero gaditano. Así que no me voy rasgar las vestiduras al respecto de la pléyade de concursos carnavalescos de este agosto de 2012. De hecho, viendo la cantidad de público asistente a ellos, hay muchísimas ganas de carnaval, ¡y del bueno! Además, se codean con los más jartibles de los gaditanos, los más curiosos de los forasteros, que saben valorar de otra forma lo que para nosotros, de tan cercano y recurrente, ya forma parte indivisible de nuestra idiosincracia.


La cosa es que hice de jurado de un concurso que se salía de la tónica del resto: se premiaba la creatividad en el arreglo. Yo, en mi 'idealismo', intenté premiar la subversión del pasodoble carnavalesco gaditano. La perversión también, por qué no. De todas formas, en el fondo, estamos hablando de música, y la música es lo mejor del mundo entero. Un concurso pequeño pero grande en sus miras que premia la posibilidad musical que tienen muchos pasodobles de carnaval. Hacía falta ya algo así.


Concedimos (éramos tres) el primer premio al grupo más joven porque tuvieron la 'inconsciente' idea de cambiar para la final su 'canción' a concurso y con el cambio salimos ganando todos, tanto ellos en su interpretación como el público en su escucha y los organizadores en su valoración. De un sencillo e infravalorizado pasodoble de una chirigota infantil, surgió un medio tiempo que fluía e invitaba a la complicidad y la dispersión al mismo tiempo que gustó mucho al público y que supo valorarlo como mejor puede hacerlo: aplaudiendo con entusiasmo.


El otro grupo, que quedó segundo, también lo hizo muy bien y fue premiado con muchos aplausos, ya que montó un arreglo basado en percusión y juego de voces (el grupo ganador y más joven también supo sacarle partido al juego de voces) sobre el pasodoble de 'Los Currelantes', en una amalgama entre el bolero y el son cubano. Sonaba bien, pero la falta de uno de los componentes se notó y los jóvenes que ganaron lo hicieron mucho mejor que el primer día. Así que la balanza de la fortuna se declinó hacia ellos. No obstante, la cosa estaba muy justita: cualquier detalle, cualquier matiz, hubiera premiado a cualquiera de los dos grupos.


En el concurso de El Quini, me deleité escuchando a la gente de Los Pabellones cantando de esa forma tan contenida y con tan buen gusto ochentero coplas de Paco Alba, Antonio Martín, Antonio Busto y Fletilla, entre otros grandes autores de la fiesta. Llevaban un barítono (un segunda) que me sonaba de algo y después hablando con él confirmé por qué me era tan familiar: está en un grupo que alguna vez he visto actuando. Pues introdujeron un bajo eléctrico.


El bajo eléctrico funciona muy bien en una comparsa. Hay ejemplos varios pero todavía recuerdo muy bien el soniquete que le daba a la grabación de Los Simios. Como no me puedo contener, el lunático que soy comentó a algunos veteranos que ya era hora que 'la comparsa entrara en el siglo XXI'. Pienso que añadir el bajo eléctrico a toda la interpretación del repertorio sería una buena idea. Obviamente, no obligatorio (al igual que los pitos, por ejemplo), ya que no habría bajistas para todas. ¿Por qué pienso que sería una buena idea? Tenían que haber estado anoche en la calle San Félix...


Cansado de concursos, me encontré a esos chavales ganadores del concurso de El Pelícano en la misma calle San Félix y nos fuimos a La Caleta con una guitarra. Allí, la noche y el viento se hicieron cómplices de sus jóvenes voces y de mi más que atento oído. Intercambiamos la guitarra y me tocaba el turno a mí y ellos ponían el oído. Volvía el turno a ellos, y así hasta altas horas de la madrugada. Hacía años que no vivía algo así...


He vivido dos días que me han parecido cuatro de tan intensos y reveladores. Dos como cuatro días que me han dado perspectiva y me han hecho revalorizar lo que pensaba del Carnaval de Cádiz. Tiene tantas posibilidades musicales... Solamente queda trascender la 'psicosomática' dejadez gaditana y extralimitarse, ¡que no es moco de pavo1 Pero tampoco imposible, la verdad.


Juan Pinto


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