Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


De igualdades y diferencias


Cuando en 1911 surgió de unos jóvenes canillas la murga “La Gaditana que se va” y, efectivamente, los jóvenes murgueros gaditanos de “La Gaditana”, que influyeron en estos jóvenes montevideanos tan impresionables con sus coplas murgueras, tuvieron dinero suficiente para comprarse un pasaje que les devolviese a Cádiz, se unieron, desde el principio, dos formas de entender el carnaval, que, a pesar del constante e inevitable devenir con sus cambios implícitos y explícitos, hoy día se siguen manteniendo casi intactas la mayoría de ellas. Hay igualdad, por ejemplo, en que el carnaval sirve como la voz del pueblo subyugado o limitado, sea dictatorial en tiranías manifiestas (como está ocurriendo ahora mismo en Honduras, dicho sea de paso) o sutilmente en democracia representativa, respectivamente, por el poder de unos pocos gobernando y admistrando la vida de unos muchos.


Ya en la primera murga uruguaya, que tuvieron el tino de nombrar “La Gaditana que se va”, estos jóvenes canillas cantores -algunos de ellos todavía muchachos- muestran en la fotografía que se conserva en el Museo del Carnaval de Montevideo esas igualdades y diferencias a las que me estoy refiriendo, entre otras de las que hablaré después. Si nos fijamos en el director, ya tiene la pose murguera casi actual pero, además, dirige utilizando una batuta, como los antiguos directores de las viejas murgas gaditanas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX hasta casi la Guerra Civil Española. No obstante, en esa misma fotografía, el bombista toca los platillos como los tocamos en las chirigotas y comparsas del Carnaval de Cádiz, es decir, golpeando el superior con el inferior sujeto al aro del bombo (aquí hay que aclarar que no son tocados al estilo de las murgas argentinas, ya que éstas tocan platillos de tamaño insignificante más como broma que como percusión definida en ánima del ritmo chirigotero gaditano). Con el devenir de los años, y por mor de la insuficiente competitividad ante la explosión percusiva de las cuerdas de tambores de las comparsas de negros y lubolos, se separaron los platillos del bombo y conformaron lo que hoy es la batería de la murga uruguaya: el redoblante, el bombista y el platillero.


Y resulta que también en esas mismas comparsas de negros y lubolos donde, apreciando vídeos que me han regalado los amigos montevideanos más lo visto, escuchado y experimentado allá, he podido casar el movimiento de los integrantes de las cuerdas de tambores tocando al avanzar con cierto movimiento chirigotero que se puso en boga en la década de los ochenta y los noventa en Cádiz. Sobre todo en los más jóvenes, en el Carnaval de las Promesas uruguayo y, al mismo tiempo, en los vídeos conservados de las primeras retransmisiones televisivas de nuestra cantera. Por lo general, hay un disfrute común, además de ciertos movimientos y maneras, en tocar un tamboril afrouruguayo o un bombo y una caja gaditanos.


Pero no es sólo en la murga y en la cuerda de tambores de las comparsas de negros y lubolos donde se alternan y balancean estas igualdades y diferencias. En los humoristas ocurre casi lo mismo, aunque habría que hablar más de diferencias que de similitudes. La primera diferencia es que los actores de un grupo de humoristas son nada menos que doce, y en los cuartetos gaditanos oscilan entre tres y cinco componentes. Qué ocurre entonces. Pues simplemente que los diálogos y personajes están más repartidos allá que aquí, además de que el tiempo sobre el escenario es mayor allá que aquí. Pero el objetivo común, tanto allá como aquí, es el de hacer reír y hacer pasar un buen rato al público. La crítica popular a los abusos del poder pero en clave de humor, desde el más inteligente hasta el más vulgar, por así decirlo. No obstante, los humoristas incluso cantan y bailan. Los cuartetos cantan los cuplés y, los que optan por el popurrí como tema libre, también las cuartetas del popurrí que vayan cantadas. Pero lo que se dice bailar, bailar, pues no...


Y aunque muchos que han ido han dicho que no los han visto, sí es verdad que hay montevideanos que se disfrazan en carnaval. Les llaman allá corsos, y suelen ser familiares. Aquí, en Cádiz, hemos extendido la familia disfrazada más allá de las casapuertas para convertirnos en toda una familia disfrazada en pos de la diversión en la calle. Y no es raro que allá también se disfracen al igual que aquí, porque el carnaval es exportación afroeuropea a las Américas. Normal que nos lo devuelvan casi similar en ese aspecto también.


Carnaval de Montevideo y Carnaval de Cádiz. Todo un charco y un ecuador alejándolos pero, al mismo tiempo, toda una ilusión, una forma, un sentir y una protesta que, afortunadamente cada vez más, los va acercando. No en vano, se podría decir que el carnaval, en esencia, es unificador y conciliador, a pesar de concursos tan competitivos y rivalidades más propias de la vida cotidiana neoliberal que de la caótica locura de febrero... Tanto allá como aquí sigue siendo, o debería seguir siendo, la voz del pueblo alzándose ante el poder establecido.


Juan Pinto


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