Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Carnavalitis, concursitis, ¿y en medio?


Conozco a un callejero que temí que hubiese sido seducido por el lado oscuro (y no me estoy refiriendo a ese cada vez más deseable lado oscuro de la naturaleza humana que tiende a aparecer en febrero y que le hace pensar a uno que no está solo en su lucha por la libertad, sino que la libertad ya es cosa de varios y no de uno en su soledad, al menos durante unos días). Pero no. Cuando leí que el vocal número uno había dado puntos más que razonables a cierta agrupación juzgando coherentemente el repertorio por encima de otras consideraciones también juzgables pero no tan importantes (aunque cierto sector del público las haya convertido en algo significativo), adiviné que era ese callejero al que va dedicado este artículo mío. De vez en cuando, uno puede congratularse de que en el Falla haya alguien que no falle consigo mismo y por eso no le falle a nadie que no se falle a sí mismo. ¡Buena salud tengan siempre la integridad y la coherencia!


El concurso es la cara oscura. La calle es la cara iluminada (hubo un tiempo que luminosa). Y hay están el concurso y la calle, peleándose y ambos alzando su bandera del fundamentalismo carnavalesco gaditano. Pero, obviamente, no todo es así. Sí es verdad que tomando cervecitas o manzanillitas muchos afirman y reafirman que las dos caras de la misma moneda (porque todavía siguen siendo dos caras de una misma moneda) cada vez están más separadas y cada vez son más irreconciliables. Puede ser que sí o puede ser que no. En otras palabras, o todos tiramos los mismos dardos y estamos dando en el mismo centro de la diana, o estamos exagerando tela (una hipérbole más, que diría un crítico del gran Antonio Machado).


La cosa es que hay un callejero que ya se jubiló como callejero (más de uno debería aprender de esto en la cara oscura) pero que sigue pateándose (admitidme el gaditanismo) las calles con un palo muy largo coronado por una pequeña cámara de vídeo grabando cualquier agrupación que se encuentre por el camino (aunque, eso sí, siente predilección por las callejeras, más que nada porque son con las que más tropieza). Pero a partir de esta línea, no vamos a llamarlo callejero, sino algo así como el que está en medio. No es el único que está en medio: yo me sumé a esta avanzadilla hace ya algunos años y hay muchos auténticos aficionados de antes, ahora y siempre, que también militan de forma natural, espontánea y fresca, casi con la misma curiosidad del niño o la niña que fueron, en estas filas. La cosa es que el ex-callejero que no logró ser seducido por el lado oscuro del concurso, ahora es uno más de los que están en medio. Y es que, como a esos, magnífico magnífico (permíteme la cita, Javi, pisha) tanto la calle como el concurso. Lo que en realidad les mueve a patearse las calles apestosas, meadas y resbaladizas es, simple y llanamente, el Carnaval de Cádiz.


Como yo siempre he sido un artista (desde los ocho años y no en el sentido peyorativo de la palabra que los aquejados de concursitis le dan al término) y también un esteta, entiendo perfectamente a este caballero pateándose las calles venidas a menos de esta ciudad también venida a menos, al igual que su fiesta par excellence. Y lo entiendo porque estos días yo he hecho lo mismo. Él lo hace buscando cualquier obra carnavalesca que llame su atención (como yo hacía incluso desde mi propio local de ensayos preparando mis propias obras carnavalescas gaditanas, mis aportaciones al Carnaval de Cádiz) y yo buscando esos entresijos juveniles e infantiles para que más gente conozca que, aun siendo jóvenes, son igual de seres humanos que los mayores de dieciocho años. Y, por cierto, usan un lenguaje y una elocuencia que muchos mayores de dieciocho años les niegan por inercia e ignorancia. Quizá algunos de esos chiquillos y chavales deberían dar clases de educación para la ciudadanía a muchos adultos tan sobrados y tan rempantingados en su escalafón jerarquizado de adultos.


Y es que si el Carnaval de Cádiz vive en algo, es en la propia obra carnavalesca, desde las aquejadas de concursitis como las aquejadas de carnavalitis. Y sucede que en medio hay más obras realmente carnavalescas que en estos extremos fudamentalistas (en el lado iluminado) y reaccionarios (en el lado oscuro). Ahí radica el auténtico carnaval gaditano: en el ingenio de inventarse un personaje, en escribirle unas letras y componerle unas músicas a ese mismo personaje inventado (o satirizado o parodiado) y en confiarlo a un pueblo ávido de buenas coplas y de reírse de absolutamente todo, incluido él mismo. Y cuando se quemen Momo y Piti (sin fuegos artificiales por mor de los recortes), quizá se las lleven en sus gargantas un buen puñado de aficionados que las harán inmortales. Unos llaman a eso interactuar... Yo, como otro de los hombres de en medio, lo llamo, sencillamente, complicidad... Y, por supuesto, carnaval. Muchísimas gracias, aficionado caballero que te patea Cai buscando al loco de febrero.


Juan Pinto


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