Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Cádiz, culo de la libertad


Si Cádiz es un reflejo del resto del país, un reflejo en el espejo roto, manchado y deformado del peor váter del peor bache que puedas imaginar (no El Manteca, sancta santorum de los nuevos carnavaleros, un engendro más de los nuevos ricos), el carnaval de Cádiz es el termometro más frío que te puedas imaginar colgando en la pared más desnuda de azulejos que te puedas imaginar. Y es el termómetro más frío no porque esté haciendo un frío de cojones, sino porque el concurso del Falla hace gala de la frialdad más absoluta de toda su historia. Y esa frialdad emana de las caras de mármol y hielo que por fin se han quitado la máscara que ocultaba su decimonónica ideología reaccionaria que ninguna sombra que produzca la luz del escenario puede ya esconder. Desenmascarados, ya sabemos quiénes son... y lo que son.


El 17 de octubre, cumplí treinta años desde mi primer ensayo de carnaval. Lo celebré matando a Juan Pinto (invento de los aficionados al carnaval gaditano que no mío) a base de una cerveza detrás de otra. Y así lo confesé ante Javi en La Rusa Blanca: 'Hoy he acabado de una vez por todas con el puto Juan Pinto de los cojones'. De hecho, lo ahogué en rubias... Liberado por fin del sambenito, jamás imaginé que lo resucitaría para este carnaval y este concurso en plenas y alienantes fiestas navideñas cuando mi amigo Rubén me llamó para que le ayudara con el punteao de la comparsa. Como el punteao huyó, no me quedó más remedio que ser yo el punteao. Desahogué de rubias a Juan Pinto y lo traje de vuelta del que ya pensé su patio de las malvas para que punteara en la joven pero guerrillera comparsa JSU porque me lo pidió un amigo y porque el grupo y el repertorio me gustaron. Y el pasado miércoles, cumplí veintiocho días punteando en la agrupación, y los cumplí en el frío escenario del Falla, el más frío escenario del Falla con el que me he topado nunca.


Teníamos clarísimo que la agrupación se quedaría en una sola actuación en el teatro (menos mal, porque si no, tendría que buscarme una trenka para ponérmela encima del disfraz en el mismo escenario). Así, por lo menos, en lo que me toca, no volvería a pasar el mal trago que pasé la otra noche con lo que a mí me gusta disfrutar de lo que hago y con lo que hago y hacer disfrutar a los otros con ello... Pero sí sé que mis jóvenes compañeros si hubieran disfrutado de una segunda vez. No ha podido ser. Es decisión de los cinco del palco. Respetable, por supuesto. Lo que ya no es respetable es la humillación...


Quien me conoce bien sabe que a mí no me gusta el carnaval. No me gustaba de niño, no me gustó de joven cuando fui autor de infantiles y juveniles, y no me gustó de ya no tan joven saliendo con amigos y compañeros. Tampoco me gusta este año. Pero el mensaje de JSU sí me ha gustado. Y algunos de sus mensajeros, también. Han luchado todo lo que han podido y de eso he sido testigo en el local de ensayos. Así que me siento orgulloso de estos luchadores, y sobre todo del más luchador de todos: su autor. Porque si a alguno se le ha ocurrido pensar que el resucitado Juan Pinto ha tenido que ver con este repertorio, que no especulen más que no ha escrito ni una coma del mismo: todo es de Rubén Ríos, que ha investigado hasta la insaciabilidad (es insaciable en sus lecturas), se ha identificado y se lo ha currado como un cosaco haciendo todo lo posible para que sus compañeros en la comparsa lo defendieran por lo menos la mitad de lo que él lo defiende. Bueno, yo sí he tenido que ver algo con el repertorio, puntearlo en las seis cuerdas como se merece teniendo en cuenta el poco tiempo con el que me ha tocado contar.


Pero JSU ha gustado a más gente. A mucha más gente que la que gusta destripar el trabajo de otros como si supieran de lo que están hablando y que adoran rasgarse las vestiduras cuando sus oídos se 'ensucian' con toda la mierda que estamos tragando desde hace dos años no por la propia mierda en sí, sino porque sale de las bocas de los valientes. En Twitter, el vídeo echaba humo de tanto compartido (tiene más visitas que los vídeos de muchas de las agrupaciones que han pasado a cuartos). Claro está, entre la gente de izquierdas, entre las que me cuento, por supuesto; no en vano, ejerzo de anarquista libertario, entre otras prâxis posmodernas. Los que lo compartieron, gente ajena al termómetro de Cádiz, su carnaval, se congratularon porque la voz del pueblo volviera a tomar el Carnaval de Cádiz en el concurso (en la calle sobrevive bien, gracias). Y JSU no tomó el carnaval del pueblo sola, también la acompañó una comparsa llamada Los Muertos de Rajoy, que curiosamente representaba el origen de la crisis en este país: la burbuja inmobiliaria, que ya reventada y muerta se hacía lo más incómoda posible ante los poderes ocultos tras las sombras que producen las luces del escenario. Por ello, no sigue en el concurso (una vez que flipo con tu comparsa, Jose Antonio, te la dejan fuera; quiero que sepas que Rubén también ha flipado con ella; enhorabuena, compañero).


Ya sé por qué no me gusta el carnaval. He tardado treinta años en saberlo pero gracias a la humillación que ha sufrido JSU lo sé por fin (algo bueno tenía que sacar). Porque al igual que reflejó en sus grabados Goya que el sueño de la razón produce monstruos, el sueño del carnaval de Cádiz produce monstruos. Y esos monstruos, ocultos y cobardes por su propia condición de monstruos, acechan en las sombras y cuando se sienten incómodos viendo peligrar el status quo heredado o robado (nunca ganado), se vengan igual que el niño pelota y chivato se venga de los niños más gamberros de la clase, los que siempre están en las últimas bancas del aula y ven todo el percal con más perspectiva que nadie.


Cuando me retiré como autor de chiquillos y chavales en 1998, me abrí a una nueva vida, una nueva vida que he dejado contaminar de vieja vida durante veintiocho días. Esa nueva vida me hizo pasar poco a poco de ser simpatizante a ser empatizante. Así que más que simpatizar, empatizo. Cuando escucho al progre de turno y de colegio privado hablar condescendientemente de Rubén Ríos llamándolo Rubencito, mi empatía se siente herida como si su condescendencia fuera hacia mí. La condescendencia es un arma del poderoso sobre el despojado, ninguneándolo. Para mí, es igual de deshumanizada que la compasión... ¿Qué buscan con la condescendencia? ¿Quitar valor al autor? ¿Quitar valor a la obra? La condescendencia es otra arma más de la corrección social y política, al igual que lo es la compasión.


Compañero y amigo Rubén, los desenmascarados por la reacción a tu propuesta de recuperación de la voz del pueblo en el carnaval de Cádiz (¡con la que está cayendo y la que nos está cayendo!) y sobre todo en lo que hasta 1990 era su concurso, te han castigado humillándote a la última banca de la clase (tanto monta, monta tanto, el jurado del Diario como el jurado del palco) y te han dado con la regla en el culo diciéndote. 'No, Rubencito, has sido un niño muy malo pero que muy malo, y no sólo te vamos a mandar a la última banca de la clase, sino te vamos a dejar solito y te vamos a arrebatar a tus amigos chicos que cuando vean que eres el último de la clase, no van a querer volver a estar contigo porque aunque sus mugrientas carcasas sean jóvenes, sus ignorantes cerebros son los cerebros de sus abuelos, que son los que los han criado mientras sus papás buscan el pan que llevar a casa y sus mamás mantienen la casa limpia y todo en su sitio, incluido tu cuartucho de niño malo'.


Pero la cosa no ha quedado así. Como se sienten poderosos, han juntado a los quince de JSU con los quince de Los Muertos de Rajoy, y en la misma pared manchada de balonazos del colegio de mala muerte que es el concurso del carnaval de Cádiz, os han puesto contra la pared y, a modo de paredón, os han fusilado por rojos pero de uno en uno y con un tiro en la nuca para que no penséis más y actuéis en consecuencia. Igual que a Pedro Romero lo dejaron morir más solo que la una por rojo y maricón, doble pecado, a nosotros treinta nos han fusilado con las más humillantes balas por rojos. No hay otra explicación que valga si nos atenemos a los hechos, y los hechos se pueden mirar y escuchar gracias a la tecnología que ha propiciado, a su vez, las redes sociales, mal llamadas redes, porque en realidad son vías para la libertad, tanto colectiva como individual y compartida. Antes fueron trece rosas, reales... Ahora son treinta comparsistas, simbólicos... A uno de ellos, lo llaman Juan Pinto, resucitado por suicidado una vez, y ahora asesinado.


Como Juan Pinto vuelve a estar muerto, me olvido para siempre de Juan Pinto y os recomiendo que os olvidéis de él de una vez por todas. En realidad es un donnadie, pero ser un donnadie es ser algo, pocacosa, pero algo al fin y al cabo. Ya no leeréis nada firmado por él que tenga que ver con eso que tanto odio y que llamáis carnaval de Cádiz, que al menos ya sé que lo odio porque, al igual que Goya plasmó en sus grabados los monstruos que produce el sueño de la razón, Juan Pinto ha plasmado en sus artículos los monstruos que produce el sueño del carnaval. Descansen en paz ambos.


Juan Pinto


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