Carnaval de Cadiz

Desde esta orilla


Antesala a un concurso posmoderno


Como tengo la sensación, desde diciembre, de que en este concurso vamos a disfrutar de una subida general de la calidad de las agrupaciones, me ha dado por pasarme por algunos locales de ensayos antes de meterme en el foso de prensa, cosa que haré ya en Cuartos, porque en Preliminares haré de cronista y comentarista (el personaje creado para este año es ‘El Uruguasho’, como homenaje a la visita de cuatro amigos montevideanos a mitad de concurso) desde casa mirándolas y escuchándolas a través de la televisión. Con éste, son ya diez años que escribo las crónicas y los comentarios de las agrupaciones carnavalescas que van a concursar, tanto en adultos como en infantiles y juveniles, para esta página y, hasta la fecha, jamás me ha dado por visitar antes los locales de ensayo movido por una intuición, por una sensación de que tengo que vivir los repertorios, ya casi completos, antes de su estreno en el teatro Falla. Siempre me ha motivado la sorpresa del estreno en el teatro. Pero este año, desde diciembre, ha sido distinto para mí, y por ello he actuado de forma distinta a otros años.


Cierto es que no he podido acceder a todas las agrupaciones: sería algo prácticamente imposible, ya no solamente por premura de tiempo y coincidencias horarias de los ensayos, sino por la ubicación del local para ensayar de todas y cada una de ellas. Así que me he dirigido a las agrupaciones cuyos miembros tienen, aparte de la común afición carnavalesca, cultivada una amistad mutua, no necesariamente auspiciada por el carnaval y sí, en algunos casos, por ser compañeros de la misma quinta o haber compartido infancia, adolescencia y juventud. Así que he visto ensayar a dos comparsas y cinco chirigotas, a las que tengo que añadir el ensayo general de un coro, dos chirigotas y una comparsa, sin contar que esta próxima semana, ya muy cercano el concurso, he sido invitado al ensayo familiar de cuatro comparsas más. Sé que el número de agrupaciones escuchadas es escaso, pero desde mi primera visita, la sensación de que este año vamos a disfrutar de un mejor concurso que en ediciones anteriores, no solamente se ha confirmado, sino que se ha agudizado. Además, comentándolo con amigos a las puertas de los ensayos generales de algunas agrupaciones, éstos mismos también me han confesado que tienen la misma sensación. Así que, probablemente, preparémonos para disfrutar de un concurso con más calidad que en anteriores ediciones.


Y cuando hablo de calidad, me refiero a ‘carnavalidad’, por así llamarlo. Es decir, en otras palabras, yendo a contracorriente con esa desafortunada definición del carnaval gaditano como ‘periodismo cantado’ (definición inventada por un periodista a comienzos de la década de los noventa tal vez para echar el cable, innecesariamente a mi entender, en la recepción que el público tenía por entonces de una chirigota de un compañero de profesión de la misma emisora radiotelevisiva), esta definición ha reconducido el concurso a una involución, ya que para qué necesita Cádiz en su carnaval que éste sea ‘periodismo cantado’ si en realidad siempre ha sido, tanto en fechas de mayo como en febrero, tanto en dictadura como en república y democracia, la voz del pueblo, ni más ni menos. Pues bien, en las letras escuchadas en los locales de ensayos, se está volviendo a escuchar la voz del pueblo, y me enorgullezco de los compañeros autores, directores y componentes de que por fin retomen las riendas de su carnaval que, no lo olvidemos nunca, los hacen ellos mismos (a excepción del público, los demás son agregados, por no decir un mal necesario) y es la expresión y manifestación de sus propias voces. Cierto que no va a ser todo el monte orégano (hay quien todavía va a venir a concursar -‘a ganar’- en vez de a arriesgar e innovar -a crear, ya no sólo un repertorio y una interpretación del mismo, sino también, tal vez, las condiciones de posibilidad de que comiencen a soplar los vientos del cambio-, pero sí que una parte de las agrupaciones con renombre en estos últimos años está comenzando a encauzar el concurso del Falla y, por ende, el Carnaval de Cádiz -no en su totalidad, pues no obviemos la labor de las callejeras- a una senda que floreció desde la segunda mitad de los setenta y toda la década de los ochenta y que revitalizó, en tiempos de transición democrática, la voz del pueblo, único santo y seña del Carnaval gaditano, a pesar de su ninguneo periodístico e institucional -en Cádiz, casi lo mismo-). Y así, cuando Cádiz y su carnaval abrazaron la posmodernidad de su propia historia, de su propio devenir, en tiempos donde la posmodernidad se alzaba en las calles europeas y españolas (el Mayo del 68, la Autonomía Andaluza, el enfrentamiento en defensa de los Astilleros, etcétera) durante quince años desde 1976 (‘Carnaval 76’, de Pedro Romero, por ejemplo) hasta más o menos 1991. Pero, tal vez, con las ínfulas de la Exposición de Sevilla de 1992 con su españolismo y andalucismo a ultranza, el Carnaval gaditano comenzó a perder el rumbo y en vez de obrero, se pequeñoaburguesó, y hasta ahora ha ido degenerando: manipulaciones del concurso en la sombra, intervencionismo de los medios de comunicación, jurados títeres, politización unilateral, etcétera…


La posmodernidad es un fenómeno global. Nació, tal vez, en el existencialismo y fue deviniendo en, por ejemplo, la generación Beat norteamericana, que a su vez alumbró el movimiento hippie, y en Francia apareció la ‘nouvelle vague’ y en Italia el neorrealismo, y ya más cerca de nuestras fronteras, la movida madrileña, etcétera, etcétera, etcétera… La posmodernidad se basa, sobre todo, en el relativismo cultural, pero en donde realmente se fundamenta es en la historia particular, ya sea de una etnia, una cultura, un pueblo, una comunidad o incluso un individuo (la historia personal). Es decir, en otras palabras, si la modernidad se basaba en el ‘progreso’ entendido como el camino que finalice (teleología aristotélica en su origen) en lo que se ha dado en llamar ‘el triunfo de la Razón’, y de ahí que la Historia con mayúsculas sea la conductora de ese hipotético triunfo de ‘lo racional’ sobre ‘lo irracional’ con su devenir de los hechos (historicismo), la posmodernidad posibilita la historia particular de una etnia, una cultura, un pueblo, una comunidad, un grupo de individuos, un individuo, sin estar necesariamente obligada a un triunfo’puramente’ racional. Pero desde los llamados ‘filósofos de la sospecha’ (Marx, Nietzsche y Freud) y con más fuerza tal vez en el neomarxismo de Marcusse o la Escuela de Berlín, entre otros, y sobre todo Michel Foucault y los filósofos postestructuralistas (además de antropólogos como Lévi Strauss, entre otros) han aportado esta idea del relativismo, de que todo depende de la relación que el observador, que a su vez es el actor de su propio devenir, tiene con su entorno (partiendo, tal vez, de la teoría relativista de Albert Einstein).


Sé que el párrafo anterior puede resultar arduo de leer, pero pienso que es necesario para entender por qué he titulado este artículo previo al concurso ‘Antesala a un concurso posmoderno’. No olvidemos que vivimos una filosofía: la neoliberal capitalista, filosofía que ningunea la propia historia de los diferentes grupos sociales que pueblan el planeta en pos de una aldea global de productores, distribuidores y consumidores. Y, claro, aunque Cádiz pertenezca a España y Andalucía y, por geopolítica, a Europa, Cádiz es única, y tiene su propia historia, coincidente pero diferente con otras historias particulares. ¿Y cómo se expresa la historia de Cádiz? Aparte de los hechos históricos, más propios de la modernidad como ya he reseñado antes, pues con la voz de su propio pueblo, en este caso, su pueblo alza la voz con el Carnaval, o al menos así era cuando empecé en 1984. Y el Carnaval de Cádiz, esencialmente, se vive de dos maneras: en el teatro y en la calle. Pues bien, que la voz del pueblo se vuelva a oír en el concurso con más fuerza, con fuerza renovada, ya sea por la crisis o por el paro o porque simplemente haya un número suficiente de gaditanos muy hartos de la situación que están, más que viviendo, padeciendo, y así se transfigura, desde mi punto de vista, en la antesala de, tal vez, una posmodernidad que, en una parte importante del mundo, comenzó al menos hace cincuenta años y aquí, en Cádiz, que la vivimos en su momento, la perdimos tontamente… Pienso que ahora es el momento de recuperarla.


Juan Pinto


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