Carnaval de Cadiz

Crónica - Entradas



Crónica de una larga jornada en el Falla




Redacción CdC.com











Hoy quiero contarles mi historia de desamor con el Falla, el teatro que cada febrero me conmueve cantándome, a ritmo de pasodobles y cuplés, todas las pasiones.

Llegamos el pasado lunes, tres horas antes de que abrieran las taquillas al público y ya había una cola que daba la vuelta al perímetro del teatro y se extendía además por media plaza, de todos aquellos que habían pasado las dos noches anteriores. A las 10 abrieron las taquillas y a las 14 horas apenas habíamos avanzado 5 metros. No dábamos crédito.

Fueron veinticinco horas de cola hasta hacernos con unas entradas para la Semifinal del Concurso de Carnavales; a la intemperie, soportando las bajas temperaturas y una lluvia que hacía presencia en las horas más duras. Todavía no sé qué nos mantuvo allí, a los indignados, porque no había nadie que no se sintiera maltratado por la organización. Durante la larga jornada de espera fuimos descubriendo toda una cadena de despropósitos…

De las cuatro taquillas de las que dispone el teatro, solo dos permanecieron abiertas para una jornada previsiblemente multitudinaria. Hasta diecinueve entradas podía adquirir cada persona, según normativa del Patronato, y esto junto a la presentación de D.N.I. y la selección de butaca ralentizó dramáticamente el tiempo de venta, que fue superior a 10 minutos por persona. Y solo dos taquillas.

Hasta las 19 horas la policía no selló el último tramo de la cola más próximo a la taquilla con doble valla amarilla, lo que ocasionó que decenas de personas se colaran sin problema durante el transcurso del día.

Paradójicamente, aguardando la cola, una aplastante mayoría veníamos de pueblos de la provincia, no conocí a nadie de la tacita. Será porque ya conocen las bondades de esta jornada de lenta agonía e incompetencia.

Muchos se preguntaban porqué el Patronato no habilita taquillas extras para esos días u organiza el evento en lugares preparados para recibir a tanto público, como el Estadio Carranza. Los agentes de la Policía local nos hablaban certeramente: “Todos los años pasa lo mismo; nosotros seguimos redactando los mismos informes negativos sobre la organización del evento porque supone un riesgo también para nosotros controlar una muchedumbre desesperada. Lo que tenéis que hacer es no venir más”, comentaba un agente.

A pesar de nuestras constantes peticiones, ningún responsable del Patronato se presentó durante la larga jornada, ni siquiera para dar explicaciones a toda la multitud indignada. Tampoco se informaba de cómo transcurría la venta de entradas y cuáles se agotaban, lo cual nos hubiera ahorrado a muchos largas esperas.

A las 7,45 del día siguiente, después de 25 horas a la intemperie, llegamos a la taquilla. Dejamos atrás una estampa apocalíptica, envases de  plástico, litronas y comida desperdigada por el suelo de la plaza. Pudimos adquirir la entrada que buscábamos para Semifinal pero la ilusión se había quedado también sepultada en esa cola.

Señores miembros del Patronato del COAC, no me quiero creer lo que cuentan. Dicen que todo esto ustedes ya lo saben, que este año ha sido extremadamente catastrófico pero que siempre ocurre algo similar; que año tras año se repite el mismo desfile de peleles (porque así nos hicieron sentir) cargados de ilusión que aguardan un interminable y desproporcionado número de horas para llenar su Falla, y no porque sean muchos, sino por la nefasta organización y la falta de interés en hacer de esto un calvario mucho menor.

Nosotros ya no volvemos a ese tormento. Pero sé que habrá muchos el próximo año que, desconociéndolo, cometan la misma locura que nosotros; que se presenten ilusionados con la intención de hacer una cola de unas horas y acaben echando todo el día y toda una noche debajo de unas cuantas cajas de cartón. Ustedes lo saben, saben que las entradas se venderán; por eso quizá no hagan nada por remediarlo.

Señores miembros del Patronato, yo me pregunto si acaso no han de cuidar a su afición, la que todos los años mantiene vivo su concurso. Cómo no se contagian de su entusiasmo y ponen freno a la penitencia por la que absurdamente les hacen pasar. Soluciones hay muchas, todos lo sabemos.

Esta crónica la escribo, no con la intención de que subsanen los errores cometidos pues ya es irreversible, sino para que tomen nota para futuras ediciones y que esto no vuelva a ocurrir. Aunque lo que realmente desearía es que el año que viene, el día de enero que estimen oportuno, a las 10 de la mañana, cuando abran sus taquillas, no encuentren a ni un solo aficionado haciendo la cola, ni un solo cántico de la afición. Sólo así se darán cuenta del tesoro que están enterrando.

Charo Ruiz Gitrama


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